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Sara Rus: Testimonio en primera persona

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Published on Apr 18, 2018

Con toda la sabiduría de sus 90 años, Sara Rus cautivó la atención de los 350 estudiantes de la escuela de comercio "Santiago de Liniers", quienes cursan sus estudios medios por la noche, al igual que del cuerpo docente y de los profesores de otros colegios del barrio, quienes se acercaron a la actividad propuesta y organizada por el Programa Educación y Memoria de la Ciudad de Buenos Aires. Tras la presentación de la profesora de lengua y literatura Valeria Mikolaitis, el coordinador del Programa, Claudio Altamirano, introdujo la temática y presentó a la invitada.

Entonces Sara comenzó a describir su infancia en su Polonia natal, "una vida muy hermosa" hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En medio del conflicto bélico su familia se vio obligada a trasladarse al ghetto de Lodz, donde nació y murió su hermanito a pesar de los enormes esfuerzos de Sara, de 13 años, por conseguir leche para alimentarlo. Pero en el ghetto Sara también conoció el amor e hizo una promesa con su enamorado, Bernardo, para reencontrarse en una fecha muy lejana, el 5 de mayo del 45, en una ciudad también muy lejana, Buenos Aires.

Sin embargo, el horror de la guerra la seguiría golpeando: el nazismo llevó a la familia al campo de concentración y exterminio Birkenau, perteneciente a complejo Auschwitz. "Nos mandan a las barracas después de raparnos y nos tiran al piso de cemento. ‘¡Si se escucha un murmullo ya van a ver!’, nos amenazan", cuenta Sara, conjugando en presente una historia que tiene impregnada en el alma. En condiciones infrahumanas, bregó por la vida de su madre, a quien logró sacar con vida. "Les tengo que contar esto porque es lo que he vivido", dijo ante un auditorio expectante, como si se disculpara por ocupar esas dos horas con el relato de los difíciles hechos que tuvo que atravesar. Los alemanes luego las llevaron a la fábrica de aviones Fraia, en Freiberg, donde continuaron los padecimientos… frío, dolor, maltrato, soledad, explotación y humillación. Pero, sobre todo, hambre. Así recibió Sara la fecha tan esperada, muy lejos de Buenos Aires.

Tras un accidente grave, los nazis la consignaron en la cocina, donde pelaba papas y conseguía cada tanto comer alguna cruda, además de llevarles a su madre y las demás prisioneras. "Vienen de a una al baño y yo les puedo pasar papas y ellas lloran del agradecimiento", describe. Cuando los Aliados ganaron la guerra, Sara estaba en tal estado de debilidad que no podía comer. Sobrevivió por el suero hasta que su madre pidió que la dejaran cocinar en el hospital y le preparó una comida casera, que fue lo que la ayudó a comenzar su recuperación. Pronto la vida la sorprendería: se reencontró con su pretendiente, se casaron y decidieron como fuera llegar a su ansiada Buenos Aires.

Luego la vida volvió a tener el color de su infancia, ya que disfrutó de su matrimonio y de sus dos hijos, Daniel y Natalia. Sara había logrado convencer también a su madre de hacer la travesía que los trajo hasta la Argentina, por lo que tuvo muchos años de tranquilidad, mientras su hijo se recibía de físico nuclear y su hija estudiaba computación científica. Todo parecía completamente encaminado hasta que irrumpió la dictadura cívico militar de 1976. Comenzando el 77, Daniel fue detenido una noche mientras manejaba y recibió torturas durante 24 horas hasta que los militares lo liberaron, aduciendo un error. Pero medio año más tarde, el 15 de julio, lo secuestraron en la puerta de la Comisión Nacional de Energía Atómica junto con dos colegas.

Como cierre, uno de los alumnos que es inmigrante, Paul, la saludó en polaco y le dedicó una pieza en violín, el instrumento que Sara practicaba de pequeña. Otros dos estudiantes se acercaron para obsequiarle unas flores y entregarle una carpeta con muchas cartas. También proyectaron el video de un rap escrito en su honor. "Les agradezco a los docentes como Valeria, que refuerzan la idea de que la escuela sigue siendo el lugar de la esperanza desde el cual todos vamos a construir un futuro mejor", dijo Altamirano.

"Lo que ha hecho este colegio es increíble y me hace sentir feliz. Es hermoso lo que han preparado los jóvenes, con los profesores y los superiores. Me pone muy contenta y les prometo que no voy a parar. Tengo que seguir para dejarles a ustedes este poquito de fuerza que tengo yo adentro todavía", concluyó Sara frente a la ovación de una escuela profundamente emocionada por la experiencia compartida.

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