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¿Qué significa ser sacerdote?

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Uploaded on May 14, 2011

El Señor ha puesto su mano sobre nosotros. El significado de este gesto lo expresó con las palabras: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Juan 15, 15). No os llamo ya siervos, sino amigos: en estas palabras se podría ver ya la institución del sacerdocio. El Señor nos hace amigos suyos: nos confía todo; se confía a sí mismo para que podamos hablar con su «yo» «in persona Christi capitis». ¡Qué confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos. Los signos esenciales de la ordenación sacerdotal son en el fondo manifestaciones de esa palabra: la imposición de las manos; la entrega del libro --de su palabra que nos confía--, la entrega del cáliz con el que nos trasmite su misterio más profundo y personal. De todo esto forma parte también el poder de absolver: nos hace partícipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en nuestras manos la llave para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre. No os llamo ya siervos, sino amigos. Este es el significado profundo de ser sacerdote: ser amigo de Jesucristo. Tenemos que comprometernos con esta amistad cada día. Amistad significa comunión de pensamiento y de voluntad. En esta comunión con Jesús tenemos que ejercitarnos, nos dice san Pablo en la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 2-5). Y esta comunión de pensamiento no es algo simplemente intelectual, sino que es también comunión de sentimientos y de voluntad, y por tanto, de acción. Esto significa que tenemos que conocer a Jesús de una manera cada vez más personal, escuchándole, viviendo junto a él, estando con él. Escucharlo en la «lectio divina», es decir, leyendo la Sagrada Escritura, pero no de una manera académica, sino espiritual; de este modo aprendemos a encontrar a Jesús presente que nos habla. Tenemos que razonar y reflexionar sobre sus palabras y sobre su manera de actuar ante él y con él. La lectura de la Sagrada Escritura es oración, tiene que ser oración, tiene que surgir de la oración y llevar a la oración. Los evangelistas nos dicen que el Señor se retiraba continuamente --durante noches enteras-- «a la montaña» para rezar a solas. También nosotros tenemos necesidad de esta «montaña»: es la altura interior que tenemos que escalar, la montaña de la oración. Sólo así se desarrolla la amistad. Sólo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal, sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero el actuar exterior, a fin de cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia si no nace de la comunión íntima con Cristo. El tempo que dedicamos a esto es realmente tiempo de actividad pastoral, de una actividad auténticamente pastoral. El sacerdote tiene que ser sobre todo un hombre de oración. El mundo en su activismo frenético pierde con frecuencia la orientación. Su actuar y sus capacidades se convierten en destructivas si desfallecen las fuerzas de la oración, de las que surge el agua de la vida capaz de fecundar la tierra árida. No os llamo ya siervos, sino amigos. El corazón del sacerdocio consiste en ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente «in persona Christi», a pesar de que nuestra lejanía interior de Cristo no puede comprometer la validez del Sacramento. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con él y por él. La amistad con Jesús es siempre por antonomasia amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con Cristo total, con la cabeza y el cuerpo; en la lozana vid de la Iglesia animada por su Señor. Sólo en ella la Sagrada Escritura es, gracias al Señor, Palabra viva y actual. Sin el sujeto viviente de la Iglesia que abarca las edades, la Biblia se fragmenta en escritos que con frecuencia son heterogéneos y se convierte en un libro del pasado. Es elocuente en el presente sólo allí donde está la «Presencia», donde Cristo sigue haciéndose nuestro contemporáneo: en el cuerpo de su Iglesia. Ser sacerdote significa ser amigo de Jesucristo, y serlo cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios tiene que vivir en nosotros y nosotros en él. Esta es nuestra llamada sacerdotal: sólo así nuestra acción de sacerdotes puede dar fruto.
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