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Conferencia General 178 - Pdte Thomas S. Monson Abr-2008 Parte I

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Published on Apr 8, 2008

"Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas" (Amós 3:7).

Mis Amigos: Me gustaría compartir mis sentimientos en cuanto a la Conferencia General, fue un momento espiritual muy especial, por que pude sentir un Espíritu de paz que me testifico de la veracidad del llamamiento del Presidente Thomas S. Monson.
Recuerdo lo que el Señor dijo: "No me escogisteis vosotros a mí, sino Yo a vosotros, para que vayáis y deis fruto" (Juan 15:16) El Señor conoce al Pdte Monson y sabe de su capacidad y su gran corazón es por eso que lo ha llamado como Profeta; bendito sean aquellos que le sostengan y le sigan en amor y rectitud, me regocijo en esta obra maravillosa, que bendición es poder conocer estas cosas y poder vivir en plenitud el evangelio de Jesucristo, les testifico con humildad en el nombre de Jesucristo Amén.

El Presidente Monson dijo: Mis amados hermanos y hermanas, hace más de 44 años, en octubre de 1963, me encontraba ante el púlpito del Tabernáculo; me acababan de sostener como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. En esa ocasión, mencioné un pequeño rótulo que había visto en otro púlpito, que decía: Quien se pare ante este púlpito, sea humilde. Les aseguro que en ese momento me sentía humilde por mi llamamiento a integrar los Doce; sin embargo, al estar hoy ante este púlpito, me dirijo a ustedes con la más profunda y absoluta humildad. Siento con intensidad mi dependencia del Señor y humildemente imploro la guía del Espíritu al compartir con ustedes los sentimientos de mi corazón.

Hace apenas dos meses, nos despedimos de nuestro amado amigo y líder, Gordon B. Hinckley, el decimoquinto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, un formidable embajador de la verdad al mundo y amado por todos. Lo echamos de menos. Más de 53.000 hombres, mujeres y niños acudieron al bello Salón de los Profetas, en este mismo edificio, para presentar sus últimos respetos a este gigante del Señor que ahora forma parte de la historia....

El sábado 2 de febrero de 2008 se llevaron a cabo los servicios fúnebres del presidente Hinckley en este magnífico Centro de Conferencias, edificio que permanecerá por siempre como un monumento a su perspectiva y visión. Durante el funeral se rindieron bellos y amorosos homenajes a este hombre de Dios.
Al día siguiente, todos los 14 Apóstoles ordenados que viven sobre la tierra se congregaron en una sala superior del Templo de Salt Lake. Nos reunimos en espíritu de ayuno y oración. Durante esa solemne y sagrada reunión, se reorganizó la Presidencia de la Iglesia según el bien establecido precedente y de acuerdo con el modelo que el Señor mismo instituyó.

Los miembros de la Iglesia de todo el mundo se reunieron ayer en asamblea solemne. Ustedes levantaron la mano en un voto de sostenimiento para aprobar la acción que se tomó en esa reunión en el templo, a la cual acabo de referirme. Cuando elevaron su mano hacia el cielo, se me conmovió el corazón; sentí su amor y apoyo, así como su dedicación al Señor.

Sé, sin duda, mis hermanos y hermanas, que Dios vive. Les testifico que ésta es Su obra. También testifico que nuestro Salvador Jesucristo está a la cabeza de esta Iglesia que lleva Su nombre...

Doy gracias a Dios por consejeros maravillosos. El presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf son hombres de gran habilidad y buen entendimiento; son consejeros en el verdadero sentido de la palabra y valoro su criterio. Creo que el Señor los ha preparado para los puestos que ahora ocupan. Amo a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles y atesoro la relación que tengo con ellos. Ellos, también, están dedicados a la obra del Señor y dedican su vida al servicio de Él....
Deseo expresar agradecimiento a mi Padre Celestial por las innumerables bendiciones que me ha dado. Puedo decir, como lo hizo Nefi de antaño, que nací de buenos padres, cuyos padres y abuelos fueron congregados de las tierras de Suecia, Escocia e Inglaterra por misioneros dedicados. Al expresar su humilde testimonio, esos misioneros conmovieron el corazón y el espíritu de mis antepasados. Después de unirse a la Iglesia, esos nobles hombres, mujeres y niños viajaron al valle del Gran Lago Salado; muchas fueron las pruebas y aflicciones que encontraron a lo largo del camino.
En la primavera de 1848, mis tatarabuelos, Charles Stewart Miller y Mary McGowan Miller, que se habían unido a la Iglesia en su tierra natal de Escocia, dejaron su hogar en Rutherglen, Escocia, y viajaron hasta St. Louis, Misuri, con un grupo de santos, llegando a su destino en 1849. Tuvieron 11 hijos e hijas, y Margaret llegaría a ser mi bisabuela.

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