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Estatua en la Basílica de San Pedro

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Uploaded on Sep 26, 2009

Estatua de san Josemaría Escrivá en el exterior de la Basílica de San Pedro de Roma, bendecida por Benedicto XVI .
Sal, luz y fermento." La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia


Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión de informar con su fe todas las actividades que realizaban. Con palabras de Tertuliano: "lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo". San Josemaría, como comenta en este artículo Monseñor Álvaro del Portillo, recordó incansablemente en su predicación que "es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús".



El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una "misión imposible". "Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (Act 1, 8). Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos - ni ricos, ni sabios, ni influyentes - tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.

Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San Marcos: "Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; mas el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: "Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20). Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jesús en la Última Cena - "como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo" (Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: "Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra"(1).

Los primeros cristianos
Sin embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: "Vivimos como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso"(9).

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