Descubrí al poeta Daniel Rabanaque en el invierno del 2005. Lo encontré sobre el vaho de un cristal, muy cerca de la navidad. Leí sus poemas, subrayé sus versos y anoté algunas impresiones en los espacios en blanco de sus páginas. Tres motivos para buscar al autor el siete de junio del 2006 en una caseta de la Feria del Libro. La dedicatoria fue una frase: Reflejos más limpios
Sin embargo, ahora, en el preámbulo de esta navidad soy incapaz de producir reflejos limpios. No puedo, son esos segundos, o minutos, o días en los que aíslo las agresiones, las disecciono y hago un inventario de venganzas que soy incapaz de llevar a cabo. Entonces les quito valor, pero ya es tarde. Me invade el cansancio y pienso en todas las hojas perdidas para las que había soñado un futuro brillante, palabras de amistad escritas en la imaginación estúpida de un mundo que siempre percibo entre lucecitas.
Al menos he aprendido que si yo no soy culpable, no hay culpables.
Y aquí estoy, contemplando mi vida. Llega el camión de la basura, se detiene y avanza. Yo me quedo aquí, tras el cerrojo escondido. Ahora espero a la fe, ese impulso que me ayude a creer en mi mismo. Esta noche no apagaré la luz.
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