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Kirguises del Pamir: los nómadas de las nubes 2/5

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Uploaded by on Apr 22, 2011

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Como fieros guardianes, a ambos lados del lago se sitúan dos gigantes de casi 8.000 metros, el Kongur (7.719 metros), con más de diez glaciares descendiendo de sus cimas, y el Muztagh Ata (7.524 metros), o Padre de las Montañas Nevadas, famoso por ser el monte que ostenta el récord de descenso en esquí más largo del mundo.
En esta estepa inhóspita de verdes prados de altura, conviven los rebaños de camellos, yaks y ovejas que pastorean los pueblos nómadas kirguises. Y desperdigadas, sobre las rocas, marmotas de pelo rojo sesteando al sol.
Mirando los camellos baktiares no es difícil imaginar lo que debió ser la Ruta de la Seda: largas reatas de estos poderosos animales atravesando desiertos y montañas, transportando sobre sus jorobas pesados fardos con todo tipo de óleos, especias, sal y otras mercaderías.
El camello baktiar es el animal más preciado por los kirguises. Les da carne, leche y lana, y además es capaz de acarrear 300 kilos de carga. En esta tierra se dice que un camello vale por ocho yaks, nueve caballos o cincuenta carneros.
El yak, ese pequeño búfalo de las alturas himaláyicas, es un animal fundamental para la supervivencia de estos pueblos, ya que de él se aprovechan hasta los excrementos, que se utilizan como combustible en un lugar donde por la extrema altitud no pueden crecer los árboles y, por tanto, la madera no existe. La poca que se ve la trae el ejército chino desde las regiones bajas.
El yak es un animal imprescindible en estas latitudes. Se adapta muy bien a las alturas, puede llevar hasta 80 kilos de peso y da carne y leche. De aquí se obtiene la manteca, un producto esencial para kirguises y tibetanos, pues es la única fuente de grasa, tanto para la alimentación como para otros usos.

De las astas se hacen peines y cucharas; de las pezuñas, cuencos, y la piel y el pelo sirven para hacer mantas, ropa de abrigo, cuero y resistentes cuerdas.
La mayoría de kirguises viven en pequeños poblados de cabañas hechas con ladrillo de adobe. Es su residencia fija, donde vuelven después de meses de atravesar con sus rebaños aquellos valles pegados a las nubes.

Durante gran parte del año los kirguises habitan en la estepa, en sus yurtas, unas tiendas circulares de pelo y mantas. La mayoría son nómadas o seminómadas que practican la migración, llevando sus animales a valles de diferente altura, según la dureza de la estación del año.




Los pastores kirguises montan en asno o sobre pequeños caballos que manejan desde niños con asombrosa maestría. Durante los traslados a otros pastos es la mujer la encargada de montar y desmontar las yurtas. El hombre se ocupa de cargarlas en los camellos y de situar correctamente la estructura de madera.




En el interior de las yurtas el equipamiento es muy básico: mantas, recipientes y una estufa en la que cocinan su austera dieta, formada por tortas de pan mojadas en leche agria, té, queso seco y un fortísimo licor destilado a partir de la leche de yegua fermentada.

Rara vez sacrifican un animal y las verduras apenas se consumen, pues no existen en estas altas tierras; deben comprarse a comerciantes tadjikos o uigures y traerlas a diario desde los valles bajos, algo fuera del alcance de sus modestas economías.




Los kirguises son descendientes de pueblos guerreros turcomanos y practican la religión islámica sunita, aunque el Corán no les influye en algunas cosas como la integración de la mujer, que participa junto con los hombres en los trabajos y reuniones sociales. Además, ellas no ocultan su rostro bajo velos.




Los hombres llevan el sombrero blanco tradicional de su etnia y las mujeres se recogen el pelo con un pañuelo. Todas llevan pantalón debajo de las faldas y sienten una pasión especial por el color rojo.




Todos los pueblos nómadas del planeta tienen una característica común: su hospitalidad con el forastero y su generosidad, pues saben que quizás mañana sean ellos los que necesiten alimento y cobijo en su camino.




Los kirguises no iban a ser menos, y al acercarnos a la yurta, una vez vencidos los primeros recelos, inmediatamente sacan té con manteca y su omnipresente pan ácimo para agasajar al visitante.




La vida ha regalado a los kirguises los paisajes más hermosos de la tierra, el aire más puro y la luz más límpida, pero a cambio les ha obligado a sobrevivir en unas condiciones despiadadas, sin apenas vegetales y donde la temperatura oscila los 40 grados de la noche al día.




Los kirguises, gentes de honor, valientes y taciturnos, de cantos tristes y pocas palabras. Hombres enjutos cabalgando siempre junto a sus rebaños, mujeres apasionadas por el color rojo, niños con sus caras redondas quemadas por el sol y el aire...

Un pueblo olvidado en una tierra donde el viento no cesa ni de noche, cuando su sonido se confunde con el aullido del lobo tibetano.

Kirguises, los hijos de las nubes, casi en el cielo, casi en el infierno.

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