El oficio de matarife era un desempeño muy común en todo el mundo rural. En una economía basada en la subsistencia, todas las familias contaban con animales de corral que eran criados para el consumo y mantenimiento anual de la familia. Una de ellas, quizá la más importante, era precisamente el cerdo, conocido como tocino en las tierras del Jiloca.
La tarea de matar el tocino, despedazarlo y dejarlo listo para su transformación era realizada por los matarifes, que aprendían el oficio por trasmisión oral de saberes acumulados durante generaciones. Las vivencias y recuerdos de Andrés Hernández, de Bañón, resultan entrañables, puesto que reflejan un enorme dominio del oficio y, lo que es más importante, un apego y estima por los modos de vida de antaño. Eran tiempos en que cualquier pequeña cosa era recibida y vivida con gran intensidad.
Pequeño videocast elaborado por el Centro de Estudios del Jiloca.
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