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Uploaded by on Mar 9, 2010

Antonio Colmeiro, escultor, habla sobre uno de sus hijos.
Alma sacerdotal, Alma de Cristo
Cada mañana, al comenzar la jornada, podemos decir al Señor que queremos que el nuevo día sea también para él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo... Esta oferta es posible porque cada cristiano tiene un alma de sacerdote.
Entre las preguntas del catecismo que en algunos lugares servía para preparar a los niños a la Primera Comunión, figuraba la siguiente: ¿para qué ha creado Dios a los hombres? La respuesta era sencilla y fácil de memorizar: «Dios ha creado a los hombres para que le amemos y obedezcamos en la tierra y seamos felices con él en el cielo». Ahí está dicho lo esencial de nuestro destino en la tierra.

El Compendio del actual Catecismo de la Iglesia Católica explicita, sin embargo, un aspecto importante: «el hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios, para ofrecerle en este mundo toda la creación en acción de gracias, y para ser elevado a la vida con Dios en el cielo»1. Pertenece, en efecto, al sentido general de la creación del hombre, de su llamada a la existencia, el dirigir a Dios su actividad en el mundo y ofrecerle toda la creación en acción de gracias. En cierta manera, puesto que Dios lo ha asociado a su obra creadora, toda actividad humana debe tender a cooperar y reflejar la bondad y la belleza de la acción de Dios. «Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo»2.

Pero, tras el pecado original, esa tarea de colaboración en el diseño divino encontró un obstáculo insuperable: la falta de rectitud del corazón del hombre. Como narra la Biblia, más que cooperar con Dios en la construcción del cosmos, le estábamos comunicando nuestro propio desorden, estábamos construyendo un mundo egoísta. Entonces, por su gran misericordia, Dios quiso enviarnos a su Hijo para introducir de nuevo en la creación la rectitud de vida, la justicia del corazón, las palabras y acciones que le agradaran de verdad. Y a esa obra de Redención, prevista por Dios eternamente, fuimos asociados los cristianos. El sacrificio y la gracia de Cristo nos devolvieron a Dios e hicieron posible que nuestras obras pudieran colaborar en la salvación de las criaturas.

La vocación al Opus Dei refuerza en nosotros esa llamada a cooperar con Cristo en la obra creadora y redentora. Nos indica además un camino específico: realizar con perfección lo cotidiano, el trabajo ordinario, la vida familiar, las relaciones sociales. Ofrecer a Dios lo de cada día, la vida corriente, hasta llegar a reconocer Su presencia en mil detalles pequeños.

Y esto exige de nosotros una profunda disposición interior: el deseo sobrenatural de servir a Dios en lo que hacemos, de llevarle las personas que tratamos, de glorificarle y, para eso, de librarnos de las miserias que tienen su raíz en el pecado. Es como un poso en el alma que la acción del Espíritu Santo va dejando poco a poco, contando con nuestra correspondencia; un modo de ser que procede de Cristo y nos liga a su Sacerdocio.

El alma sacerdotal es propia de todos los cristianos, pues por el Bautismo hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia (...), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios3. Por eso, cada mañana, al comenzar la jornada, decimos al Señor que queremos que el nuevo día sea también para él, le ofrecemos nuestra vida, nuestro corazón, nuestro trabajo, todo nuestro ser.

ASENTADA EN LA GRACIA

Podemos agradar a Dios y hacer que nuestras obras reflejen la caridad y la bondad divinas no en virtud de nuestros méritos, sino por la gracia de Cristo que nos hace justos por dentro. Porque, como dice San Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado4.

Por eso, el alma sacerdotal nace desde arriba5, desde nuestra condición de hijos de Dios: despliega en el cristiano la vida de Cristo, sacerdote eterno. Actuar con alma sacerdotal requerirá vencerse frecuentemente, y sobrepasar los límites de dedicación y esfuerzo que parecen razonables; exigirá ignorar o resolver dificultades originadas por el propio carácter o por las circunstancias, porque vemos que algo conviene para la gloria de Dios o el bien de nuestro prójimo; requerirá sacar el tiempo necesario para obrar el bien, o superar el miedo de no ser capaz de realizarlo.

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