Es miércoles. Son las 8:30 y la mayoría de las dragas que colman el lecho del río en el km 12, entre La Guardia y Porongo, bullen a toda máquina escupiendo ripio, arena y arenilla. Un obrero de torso desnudo, sumergido en el barro de la fosa en la que trabaja con sus compañeros, alerta que el motor de su equipo no bombea con la misma fuerza.
Se apaga el motor y ese gigante de cuatro metros que es la draga deja de bombear. Es hora de hacer el cambio de aceite a la máquina. La mañana se ha perdido en las tareas de mantenimiento del equipo, así que algunos de los mineros de áridos vuelven a las carpas de sus campamentos asentados sobre la ribera oeste del río. Ahí comen, duermen siestas y pasan buena parte de sus días.
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