El buen Samaritano

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Uploaded by on Oct 1, 2011

La ley y el evangelio van de la mano; se complementan el uno al otro.
La ley, sin la fe en el evangelio de Cristo no puede salvar al transgresor. El evangelio, sin la ley, no es eficaz ni poderoso. La ley y el evangelio forman un todo perfecto. El Señor Jesús coloca el fundamento
del edificio con aclamaciones de "Gracia, gracia a ella". El es el autor
y consumador de nuestra fe; alfa y omega; principio y fin; el primero
y el último. Cuando se combinan el evangelio de Cristo con la ley de
Dios, producen el amor y la fe no fingida (Ellen G. White 1888
Materials, p. 783).
La santa ley de Dios es breve y al mismo tiempo abarcante, pues es
fácilmente comprendida y recordada; y sin embargo es una expresión
de la voluntad de Dios. Su extensión se resume en las siguientes palabras: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas... Amarás a tu
prójimo como a ti mismo". "Haz esto y vivirás". "Por tanto, guardar-
éis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre,
vivirá en ellos. Yo Jehová" (Comentario bíblico adventista,
tomo 6, p. 1095).
Domingo 6 de noviembre:
La ley y la promesa
Si el transgresor fuera tratado de acuerdo con la letra de este pacto,
en ese caso no habría esperanza para la raza caída, pues todos han Recursos Escuela Sabática ©
pecado y están destituidos de la gloria de Dios. La raza caída de Adán
no puede contemplar en la letra de este pacto otra cosa sino el ministerio de muerte, y la muerte será la retribución de todo el que procure vanamente idear una justicia propia que cumpla las demandas de
la ley. Dios se ha comprometido mediante su Palabra a ejecutar el
castigo de la ley sobre todos los transgresores. Los seres humanos
cometen pecados vez tras vez, y sin embargo no parecen creer que
deben sufrir el castigo por quebrantar la ley. Presentan sus buenas
intenciones delante del Señor y ruegan por su misericordia. Pero la
única esperanza de los hijos e hijas de Adán es aceptar la justicia de
Cristo, dejar de pecar, y abandonar toda esperanza de salvación por
su propia justicia. El Señor no puede salvar a nadie por sus buenas
obras.
En el evangelio de Jesucristo, ese evangelio que los ángeles presentaron como "buenas nuevas de gran gozo", se revelan las condiciones
de la salvación. La ley se mantiene con su fuerza y pureza originales;
ni una jota ni un tilde habrían de ser alterados o dejados de lado,
porque la ley es una transcripción del carácter de Dios. Pero el Señor
hizo un pacto de gracia mediante el cual su misericordia alcanza al
ser humano caído, y es tan amplio y poderoso que puede elevar a las
almas arruinadas por el pecado y darles gloria, honra e inmortalidad.
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). Alrededor del trono de Dios está el arco iris de la promesa, un símbolo del compromiso de Dios de recibir
a cada pecador que abandona la idea de llegar a la vida eterna por
medio de su propia justicia, y acepta al Redentor del mundo y su justicia; lo acepta como su Salvador personal sabiendo que es capaz de
mantenerlo sin caída. Sin Cristo, no tenemos esperanza de heredar la
vida eterna.
La provisión hecha para la salvación de los seres humanos mediante
la justicia imputada de Cristo no descarta la ley ni sus santos preceptos; él vino a exaltar la ley, a engrandecerla y mostrar su carácter inmutable. La gloria del evangelio de gracia mediante la justicia imputada de Cristo, no brinda otro camino de salvación que no sea el
cumplimiento de la ley mediante Cristo, el divino sustituto. En la antigua dispensación, los creyentes se salvaban mediante la misma gracia de Cristo; gracia que el evangelio nos presenta como único medio
de salvación para nosotros. Es la misma gracia provista en el pacto
abrahámico (Signs of the Times, 5 de septiembre, 1892

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