En los últimos años en Colombia se ha hecho uso y abuso de vocablos como Cumbia y Folclor, hasta el punto que cualquier desprevenido podría pensar que este despliegue de interés obedece a una sincera pasión por nuestros cantos y ritmos primordiales. Pero la verdad, aunque duela, es que desde las altas esferas hasta el hombre común, en cada rumba de alto y bajo vuelo, nuestra cumbia es la humilde muchacha, llamada de última al baile para entretener a los amos, ahítos de licor foráneo y sones extranjeros.
Desde nuestros músicos cultivados y consagrados hasta los neófitos alquimistas de fusiones folclóricas juran fidelidad a la cumbia en agonizantes e intrascendentes festivales vernáculos. Pero el amor no es sincero. La cumbia amada por fuera pasa casi desapercibida en casa. Esta discordancia no es gratuita, es otra prueba del rumbo extraviado de nuestro barco colombiano; la cultura se ha politizado, corrompido, amanerado y altos cargos desde donde se podrían trazar directrices más afines a nuestro auténtico sentir, se asignan generalmente a jóvenes señoras inexpertas pero siempre de encumbrada genealogía política. La cumbia no hace parte de una política cultural de protección por parte del Estado. Muchas manifestaciones musicales folclóricas en Colombia están al servicio de egoístas intereses politiqueros que buscan legitimarse camuflándose como defensores de lo popular. Lo arcaico sostiene el poder.
Ante esta situación sería menester incentivar el amor, el gusto, la fascinación por la cumbia como símbolo de identidad continental con raíces y proyecciones planetarias. Todos las asociaciones que amen la vida en América deben recordar que la cumbia es uno de los pocos y últimos símbolos de la alegría, es un instrumento espiritual para sobreponer la desgracia de la pobreza e impulsa el aliento libertario. La tarea cultural es realizar actos sencillos, factibles e inmediatos donde la cumbia esté presente. Por ejemplo: asignar un grupo de cumbia libertaria que siempre acompañe, como talismán afortunado, a delegaciones deportivas, a todos los luchadores por la dignidad humana, a los ecologistas y pacifistas en todas sus manifestaciones tanto lúdicas como políticas.
Un gobierno popular y democrático con interés en el patrimonio cultural podría crear un instituto de Cumbiología, con divulgadores en los medios masivos de comunicación e investigadores comprometidos con la resistencia a las músicas globalizadas; ojalá se instaure una cátedra obligatoria de Cumbiología en cada conservatorio musical del país; un festival internacional de la cumbia vigoroso, cuyos frutos provoquen una renovación estilística, formal, instrumental, armónica y melódica de nuestro ritmo insignia; y en fin, regresar a lo nuestro que es el vivir acordes a ese pulso lento de nave que surca el océano sin prisa, desprovistos de la alienación que nos deparan otras músicas mercenarias conque infectamos nuestra sensibilidad a diario. . .
Cuando deseemos unir este territorio de costeños y cachacos y clausurar de buena fe el antagonismo atávico entre Bolívar y Santander y cuando por fin podamos emerger por sobre nuestros abismos rencorosos, entonces encontraremos el verdadero corazón colombiano y caribe, obstinado, intrépido, justiciero, indio, español, negro, mestizo, rebelde, mulato, soñador, poeta y cósmico andariego en la Celeste Cumbia.
que bonita es la cultura colombiana!
sweetlimonada 3 years ago 4
EN COLOMBIA NO SE BAILA LA CUMBIA ASI
COLOMBIANO892 1 year ago