Uploaded by Aljaima on Jan 17, 2009
SEMBLANZA DE UN HOMBRE LIBRE
Antonio García Barón nace en Monzón, tierra proclive a las ideas libertarias, allá por el 1922. Con apenas 14 años, abandona el violín y agarra el fusil para subirse en marcha al vertiginoso tren de la Revolución cuando la Columna Durruti pasa por su pueblo. Combate al fascismo casi hasta el último día de la guerra conociendo, ya al otro lado de la frontera, la hospitalidad del gobierno socialista francés en forma de infames campos de concentración.
Se apunta a los batallones de trabajo del ejercito galo para salir de aquel terrible confinamiento y asiste en primera línea a la retirada aliada de Dunquerque. Apátrida, paria entre los parias, es rechazado cuando intentan subir a los barcos ingleses cayendo en manos de los nazis.
Merced a los turbios y siniestros acuerdos entre Franco y Hitler, dará con sus huesos en Mauthausen, al igual que varios miles de rojos españoles. El infierno de la Iglesia no existe, pero sin duda aquel era el de los humanos. Cuatro años y medio de torturas, de olor a carne humana quemada, del dolor del hambre. Antonio, ya un esqueleto humano con número, el 3422, ve desde su barracón las largas colas de judíos que marchan sumisas y ajenas a su suerte hacia las duchas letales.
El descenso a los infiernos no hace de Antonio peor persona....ni más sumisa. Llega la liberación y consigue un buen trabajo en París pero no es capaz de adaptarse a la nueva vida. Busca un territorio virgen donde empezar de cero, hastiado de injusticias y podredumbre humana. Gastón Leval le pone en la pista: la Amazonia boliviana.
No era hombre, Antonio, de pensarse las cosas dos veces. Se planta a orillas del rio Quiquibey y elige un pedazo de selva a varios días de navegación del pueblo más cercano. Desbroza y domeña la jungla; lidia con jaguares, alimañas, autoridades locales corruptas, indios hostiles y un cura aún más hostil, hasta conseguir establecerse. Constancia y empuje, sin arredrarse ante nada..... a la selva no le queda más remedio que hacerle un sitio.
Crea una familia y vive en paz consigo mismo y con un entorno duro pero enriquecedor. Sale cada día a la despensa a buscar alimento, caza y pesca y vive en armonía. Pierde una mano manipulando una trampa para jaguares pero le queda la otra y, sobretodo, una voluntad inquebrantable.
Y desde ese confín del mundo mantiene un cordón umbilical con el mundo: su transistor. Está al tanto de revoluciones maleadas, guerras y hambrunas. Se indigna y mantiene viva y con fuerza su rebeldía contra los poderosos y sus sempiternos desmanes.
Tuve el placer y la suerte de conocer a Antonio en la fase final de su vida. Lo visité dos veces y lo acompañé en su regreso a España a principios de milenio, seis décadas después de su partida hacia el exilio.
Recuerdo a Antonio subido en las largas cintas transportadoras del aeropuerto de Miami, donde nuestro vuelo hizo trasbordo. Acababa de dejar el Amazonas (después de cincuenta años de aislamiento) y se encontraba sumergido en la vorágine de uno de los aeropuertos con más tránsito y movimiento del mundo. Pero a él poco podía sorprenderle ya. Había visto cosas que pocos creerían y no noté en su semblante señal alguna de asombro ante aquella Babel humana y tecnológica.
Arregló unos asuntos familiares en Monzón, dió diferentes charlas en la Península y Mallorca y en cuanto pudo regresó a su cabaña a orillas del Quiquibey. En ningún momento se vio tentado a quedarse a vivir en España. Éste ya no era su mundo, su hogar estaba en la selva y en ella quería morir.
Caigo ahora en la cuenta de que nunca pensé en su muerte porque inconscientemente creía que los tipos como él no se morían. Siempre fue dueño de su destino y sorteó a la parca en varias ocasiones durante su intensa vida, así que no podía irse de cualquier manera. Aquejado de glaucoma tenía en los últimos años grandes dificultades para ver. Abandonó su tierra y se trasladó con su mujer al pueblecito de San Buenaventura. Él que devoraba libros y que acostumbraba jugar al ajedrez, que nunca dependió de nadie, que fue fuerte y autónomo, se sintió un estorbo, una sensación totalmente desconocida para él. Algo en su interior dijo basta. Comunicó a sus allegados que no seguía, que se marchaba. Y por primera vez en su vida dejó de luchar y bajó los brazos. A partir de ese día no ingirió alimento alguno y se fué despidiendo de la familia y de la vida. En dos semanas su enorme fuerza se apagó.
Hoy reposa a orillas del caudaloso Beni un hombre libre. Que la feraz tierra roja del Trópico boliviano le sea leve.
Pedro de Echave
(Guindilla)
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