Escrito por el poeta Juan Esteban Villegas, este poema va dedicado a los indignados del mundo, y en general al hombre y a la mujer rasa, que aún ejercen su derecho al sueño.
Primero fue el fruto del árbol que dos niños confundieron con columpio.
El menosprecio de la serpentina que abrazaba la raíz.
El destierro envuelto en piel como regalo para aquel que riese.
Después vino la pera, con su pezón oriental sin rastro de leche,
con sus espadas como lenguas saboreando especias,
con sus espejos honestos en donde el otro se vio por última vez.
Hoy dicen que es manzana dulce, y aceptan que es redonda.
Alegan, eso sí, que su centro es verde, siempre verde.
Hoy sabemos que es brillante para quien no tenga ojos.
La historia del hombre resbalándose sobre tres frutas.
Atrás, un árbol como testigo,
adelante, una raíz con locura de tímpano.
Entonces vuelve la especia, la pimienta,
y los ojos de los hijos de los hijos que la perdieron o la robaron
reclaman la leche pero no la pera. Incitan también al golpe.
Y por un momento el culo de Midas se queda sin apéndice.
Por un momento somos cuerpo, y nos mecemos,
y jugamos sobre un árbol cantor.
Y con eso basta.
© Juan Esteban Villegas
noviembre del 2011.
Canción de fondo: 'As Ilhas dos Açores' - Madredeus
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