Un hombre urgido por la sed más visceral es traicionado por los inmensos toldos porteños y se refugia en el bosque profundo de la autonavegación.
Nada más amuebló su vida desde entonces. Sólo fue escoltado por la savia en el viento y verdes manantiales que se abrían en el aire para el placer de las ultimas aves.
Fue allí que recibió lo que deseaba con frenesí,
la guirnalda del lenguaje sereno y eterno,
la inefable
Estaca de Babel.
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