Es la hora de Dios. Hora de amar, de compadecer, de descubrir a Dios encarnado en la debilidad. En los niños nacidos en medio del hambre, de la guerra, de la desolación provocadas por las ambiciones del hombre y la insolidaridad de los instalados en el "bienestar". Es hora de encarnarse, de recuperar el sentido de la vida y volver a ser humanos. Hora de descubrir el poder, la grandeza y la ambicionada riqueza, en el Dios hecho niño, envuelto en pañales y recostado entre pajas.
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