En un día podemos viajar al mundo del imaginario. Un trayecto en tren de ida y vuelta, a un paisaje rural y nevado, muestra esas dos caras de la ensoñación: el movimiento y el reposo.
El movimiento surge del tren, que parece deslizarse sobre un paisaje amable, ameno y apaciguado. Las vías, la catenaria, las estaciones, los márgenes ferroviarios... son estampas del imaginario de la felicidad, del camino hacia alguna parte, quizá conocidad, quizá ignota, pero siempre anhelada.
El reposo es el silencio de un paisaje nevado, el del pueblo zaragozano de Trasobares, en una fecha tan insólita como la del 23 de marzo de 2008. Ese día el sistema ibérico, además de otras partes de España, vivió los efectos de un frente muy frío.
La nieve amortiguó los sonidos de un lugar rumoroso, con muchos momentos de completo silencio. Un niño dice adiós; una analogía del mundo de la infancia, que se acabó hace mucho tiempo para algunos, pero que sigue vivo en el imaginario. Vivo y creativo.
El viaje se cierra de manera circular, con la vuelta en tren al lugar de partida, cuando la tarde cae y el entorno ferroviario vuelve a sugerir la aventura del viaje.
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