Apariciones del "doppelgänger", figuras gemelas fracturadas por el desamor. Tras contemplar Kiss the Murder, puede que la única opción que quede sea arrodillarse ante El Amor, Asesino Supremo, besarlo y quizás morir...pues, como decía el maestro Hitchcock: "los asesinatos deben ser filmados como escenas de amor y las escenas de amor como asesinatos".
Retablo pasional que restituye a nuestro tiempo los postulados éticos y estéticos del Barroco y la fascinación por el melodrama clásico repleto de sentimientos extremos. La obsesión por penetrar en la doble cara del Amor-Desamor se plasma en esta pieza donde la pantalla se parte dolorosamente en dos, componiendo figuras gemelas fracturadas por el desamor a modo de doppelgänger (ese doble fantasmagórico que se nos encarama y nos muerde cuando menos lo esperamos). El amor como generador de dolor y muerte, la locura que nutre las relaciones amorosas, alumbrando un sombrío estatismo (que remite a dos formas de encarar lo amoroso en nuestra época descreída: la melancolía de Hopper y la brutalidad animal de Bacon). El Amor como el Asesino Supremo, aquél que, en palabras de Nietzshe: "nos da el dolor, y, por eso mismo, la vida."
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