Me sorpende la cantidad de gente de todas las edades, que le da de comer a las palomas. Algunos lo hacen sin detenerse, de camino a otro lado, arrojan migas de pan o alpiste que llevan en el bolsillo o en un bolso y siguen caminando. Desde chica me llama la atención como las palomas, aunque estén a la distancia, pueden distinguir el sonido de la comida cayendo y volar casi en sincronía, en bandada hacia el lugar. Esto es en una esquina céntrica a una cuadra de la plaza que sirve de hogar a las palomas
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