Papalábrula, además de charlatana, juguetona y mentirijuelosa, inicia su palabrería para atraer a los transeúntes hacia el tenderete donde se encuentra su amantísima, viejísima, y tacañísima ama, la ilustre eminencia de las palabras escritas, dichas, no dichas e incluso las jamás pronunciadas: Madame Esdrujilda.
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