Nueva Biblioteca del Niño Mexicano
Yo le disparé al general Morelos
Por Eduardo Rojas Rebolledo
Si te ordenan que dispares, disparas y ya...
Te dan la orden y ni se te ocurre decir nada, sabes que en la boca de un soldado no caben las preguntas. Te ordenan que dispares y apuntas con buen ojo: lo mejor que puedas. Una orden como ésta no tiene vuelta atrás y tu deber es dar en el blanco. Así que imaginas, para evitar las dudas y el temblequeo, que estás apuntando a un costal de harina y no a un hombre atado de pies y manos. Escuchas la orden de "fuego" y aprietas el gatillo, al mismo tiempo que los otros del pelotón. Disparas y las detonaciones se te clavan en los oídos, como cohetones de feria...
Durante unos segundos todo se ralentiza, camina a pasos de tortuga, y puedes ver cómo el perdigón de plomo viaja desde el cañón humeante de tu fusil, hasta el cuerpo del condenado —hasta el costal de harina— y lo perfora. Luego lo ves revolcarse en la tierra: igualito a una gallina sin pescuezo.
Por fin se muere y el cura, porque siempre hay por allí un cura de sotana, hace la señal de la cruz. Y tú, junto a los demás del pelotón, te vas antes de que levanten al muerto.
NIÑOS 2010
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