Tuve la enorme suerte de tener dos madres. Dos: mi madre biológica, Carmen, y mi otra madre, Milagros.
Cuando yo nací, el día 28 de septiembre de hace miles de años, hacía poquísimos días que había muerto Farruco, el marido de Milagros.
Farruco, marinero de un banco de pesca de bajura, desapareció bajos las aguas del Atlántico mientras faenaba frente a la Marola, una isla situada entre las rías de Ferrol, Pontedeume, Betanzos y Coruña, una zona famosa por sus corrientes y grandes oleajes. La bravura y dificultad de la zona hizo famosa la frase ""o que pasou a Marola, cruzou a mar toda" (en español: "el que pasó la Marola, cruzó la mar toda").
Farruco era el único apoyo sentimental que tenía Milagros. No tenían hijos ni hermanos ni otra familia conocida, salvo un sobrino. Bueno, si tenía alguien más: mi familia, para quien trabajaba como cocinera y en las labores de la casa desde hacía muchos años.
Al nacer yo, después de la muerte de Farruco, fue como si apareciera en su vida ese hijo que nunca tuvo, esa personita en la que depositar el amor inmenso que tenía en su corazón, esa bondad infinita que siempre, siempre, atesoró en su interior. Fui el hijo que necesitaba, el necesario soporte para soportar (valga la redundancia) la ausencia de su compañero sentimental.
En su infinita bondad, infinita sin duda, mi nacimiento fue una esperanza y una ilusión que llenó su vida. Y en mi vida, en mí, se volcó en cuerpo y alma, con absoluta dedicación, con todo el tiempo disponible, con todo el (buen) ánimo, con todo el amor que llevaba dentro sin poder entregar. Y trató de hacerme feliz. Y lo consiguió.
Para ella, yo era el niño más guapo del mundo, el niño más listo del mundo, el más rubio del mundo, el más alto del mundo, el más fuerte del mundo, el que mejor cantaba del mundo, el más rápido del mundo... Para ella yo era su mundo, su único mundo.
Recuerdo cómo me despertaba Milagros todas las mañanas de mi infancia y juventud: como entraba con sumo cuidado en mi habitación, como se sentaba al borde de la cama, como me acariciaba mi cara, como me decía "levántate" y como cantaba sus canciones, canciones antiguas, canciones hermosas, canciones siempre tiernas, dulces, suaves... recuerdo como me cantaba, con su magnífica voz, "Cielito lindo" mientras acariciaba el lunar que yo también tengo junto a la boca, o como me felicitaba por mi cumpleaños mientras entonaba "Las mañanitas" y me hacía creer que yo era como el Rey David, o me animaba a levantarme de la cama para ir al colegio con los versos del "Alevántate", o me hablaba del desayuno que ya me tenía preparado mientras tarareaba "La flor de la canela", o me apuraba para que no llegara tarde a clase mientras me hacía cantar con ella el "Cucurrucucu paloma"... Recuerdo como me cantaba antiguas canciones de una Galicia que ya desapareció, canciones que nunca más volví a oí cantar.
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Alfredo
no manches, ponla completa, me acabas de arruinar la fiesta.
segun quise sorprender a mi vieja y pues nomas salio media cancion mi chavo, eso no se hace
chvhakho 1 year ago 4