El teatro concebido como memoria, como reactualización, como representación de aquello que la vida tiene de irreversible puede proporcionar al actor el divertimento de vivir vidas y eventos prestados. Esa impostura es su delicia. Pero el teatro, como el arte en general, desdeña la dicha y la fortuna, no son sus tópicos. Sólo parece preocuparse por "la falla", por aquello que no funciona dentro de un orden natural o cultural. Sylvia Plath en ese plano es un desnivel interesante para traer a escena. Por lo que la vida y el teatro tienen de trágicos.
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