Al asomarme la atmósfera, el cielo encapotado, la multiplicación de los edificios del paseo y la relajación del domingo por la mañana hacían que me sintiera en una ciudad lejana, inalcanzable, de movimiento congelado, tan hermética como yo en ese momento. Ciudad de ensueños y vidas ajenas en las que sumergirse mientras agotas tu propia existencia. Ante mí había algo más que una ciudad que poco a poco iba descubriendo, lo que me inquietaba era no saber lo que me ocultaba.
Capté ese momento de perplejidad ante la doble masa gris que me envolvía, los edificios del paseo y las densas nubes por encima de ellos, con esas densas manchas verdes de esperanza entre medias. Mientras lo capturaba comenzó a llover pero nada parecía cambiar a mi alrededor.
Había tormenta. A mi madre le asustaban las tormentas.
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