La publicidad ha muerto por agotamiento. Décadas de sobresaturación han propiciado que el consumidor haya perdido el interés en un laberinto de mensajes confusos e intrusivos. Hemos pensado que siempre estaría ahí para escuchar lo que tuviéramos que decirle, pero ya no está. Ha evolucionado más rápido que nosotros y se ha adaptado mejor al nuevo entorno.
El consumidor es agua, agua esquiva y celosa de su tiempo.
No necesita de la publicidad para relacionarse con las marcas que ama.
No necesita de los medios para consumir la información que demanda.
El consumidor ES la sociedad de la información, y el estado natural de la sociedad de la información es el líquido. Un líquido incontenible, inatrapable, que lo impregna todo, que se filtra por todas las rendijas, llegando al centro de cada una las poderosas individualidades que conforman la sociedad de principios del siglo XXI.
Debemos respetar cada una de estas individualidades como lo que son; Universos Propios, marañas extraordinariamente complejas de emociones, deseos y relaciones interconectadas entre sí.
Existe algo invisible aunque extraordinariamente poderoso que nos envuelve y nos obliga a seguir haciendo lo que siempre hemos hecho. Un fantasma, el fantasma de nuestros miedos más profundos que nos ata y nos amordaza. Nos impide hacer lo que se supone que tendríamos que hacer.
Ha llegado el momento de romper las cadenas.
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