Tras la muerte de su madre, César se siente impulsado a salir hacia espacios más grandes, tal vez persiguiendo a su destino de poeta. Así decide trasladar sus estudios a la capital del país. Pero antes, con el deseo expreso de despedirse de su madre, emprendió viaje a su pueblo natal. Allí, cumplió con dolor su promesa de despedirse, ante la tumba de quien diría: "Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre/ Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo / quedaría, en qué retoño capilar/ ... Hoy que hasta / tus puros huesos estarán harina / que no habrá en qué amasar / ¡tierna dulcera de amor!" Por desgracia, en su rústico pueblo andino, sucedió un hecho grave en el que se vio involucrado. Hubo un incendio en una concurrida plaza callejera, y varios mozos entre ellos Vallejo, fueron acusados de incendiarios. El poeta fue sentenciado a una reclusión en la cárcel por cuatro meses. En medio de su desdicha, se atreve a encarar al Creador; y, escribe: "¡Dios mío estoy llorando el ser que vivo / me pesa haber tomádote tu pan / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en su costado / tú no tienes Marías que se van./ Dios mío si tú hubieras sido hombre / hoy supieras ser Dios / Pero tú, que estuviste siempre bien/ no sientes nada de tu creación. / Y el hombre si te sufre. El Dios es él..."(Los Dados Eternos)Al salir de la cárcel, el año 1917, Vallejo se trasladó a Lima.
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