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Un bellezón hindú fumando en pipa

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Uploaded by on Jan 4, 2012

El fumador en pipa ortodoxo no traga el humo, aunque sí lo hace circular por sus fosas nasales para disfrutar del aroma, pero sin aspirarlo hacia los pulmones. El tabaco debe ser de especial calidad, aromático y bien fermentado, conservado en un buen humidor si se consume de modo espaciado. Debe aromatizar pero con un punto de embriaguez nicotínica erotizante, que siempre viene bien para consultar las cotizaciones de la Bolsa o para leer algún informe de las Naciones Unidas.

El buen fumador en pipa sabe que entre sesión y sesión debe dejar descansar el artefacto al menos dos días, para que la explosión de sabores y matices sea siempre intensa y completiva. De manera que es conveniente disponer de varias pipas, aunque para nosotros sean un fetiche, pues la monogamia siempre fue un valle de ataduras. Tener el aparato limpio de polvo cenicero, darle cera de carnaúba regular y lúbricamente al cazo de la pipa para conservarlo, acariciarlo con una buena escobilla tras cada sesión para retirar la saturación mineral que produce el calor del fuego placentero, utilizar con mesura el atacador prensil del picadillo, aunque se hinque sobre el cuerpecillo fumígeno como un proyectil libidinoso, pulir las marcas que en las piezas de ebonita dejan los mordisquitos en la boquilla, cuidar las mezclas de tabaco y su procedencia, todo ello hace que entre el fumador y la pipa se construya un sólo cuerpo de belleza sin par, pleno de sensualismo pubescente, de iridiscente lucidez para el solaz del intelecto, es decir de plasticidad hedónica y de apetito concupiscente. Es un acto de soledad, pero conduce a la plenitud del espacio total del universo y se transduce en la guapeza arquetípica de un rostro sensato y sosegado que fuma tabaco para pipa, con libidinia o con ludibria, cuando no con lubricia, pero siendo canónico con aquella sabia regla del combustible: por el humo se sabe dónde está el fuego. Pero no el fuego que arde a la llama, sino el que enciende la pasión ardorosa y da calentón a las aspiraciones del sublimado tabáquico que llega, junto con el humo, a la boca condensada de delrio del disfrutante. Y eso, todo eso: era todo.

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