Junto a la cordillera de Sa Tramuntana, de madrugada, dos hombres jóvenes aguardaban el alba en silencio: uno para matar, el otro para morir. Ambos contemplaban el paisaje ante ellos.
El día antes había empeorado el tiempo, y se juntaron nubes que procedían del oeste y del sur, hasta que todo el cielo era un revoltijo de nubes enormes, plomizas y cargadas de agua, separadas entre sí por líneas blancas de aspecto oleoso. Nada más ser pronunciada la terrible sentencia de muerte, empezó a caer la lluvia a grandes gotas, como si el mismo cielo llorara.
—¡Anteponer la vida de la Reina a la ruina de Balearia es alta traición! —había gritado Raimon Llull—. ¡Ni vuestro título de Rey os salvará de la pena de muerte!
Falcó se estremeció al recordar que el Rey había alzado la mirada: sus ojos parecían terribles, y tan fríos como el hielo. Se arrebujó en su manto y se preguntó una vez más: "¿Por qué yo, entre todos, he sido el elegido para llevar a cabo la ejecución?"
Y el Rey, adivinando su pensamiento, dijo:
—No quiero que ningún otro me ponga las manos encima.
El condenado se quitó el manto, las armas, la armadura, la cota de malla y la camisa. Aun así, su estado de ánimo le impedía sentir el mordisco del frío. Cuando besó su espada, ésta emitió un gemido prolongado.
—¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? —dijo el Duque— Me perdonaste la vida, pero yo te juré que un día te mataría.
—Falcó —dijo el Rey, tendiendo su mano hacia él—. Oh, Falcó... —repitió, rompiéndose su voz como se rompe una cuerda que soporta demasiado peso.
Y entonces Falcó leyó en sus ojos opalinos tan claro como en un libro abierto: y vio su alma valerosa, que tropezaba con el gran abatimiento que como Rey intentaba por todos los medios eludir, y no fue capaz de consentir que su amigo flaqueara, pues conocía y amaba su corazón orgulloso. Y Falcó, con lágrimas en los ojos, le imploró:
—¿No podría ser un combate? Me lo debes.
El Rey rodeó la nuca de Falcó con las manos, y juntó sus frentes y, tan fugazmente que Falcó se preguntó durante el resto de su vida si no lo había imaginado, lo besó en los labios.
—No digas nada, Falcó —el Rey barrió con los pulgares las lágrimas de su amigo, y le regaló su última sonrisa—. No llores.
El Rey, magnífico con los cabellos al viento, echó a correr por la llanura nevada. Falcó, sin perder de vista su figura, mientras le daba tiempo para calmarse al repentino cataclismo que se había adueñado de su corazón, cargó las cosas del Rey sobre el caballo, montó en su yegua negra, y empezó a seguirlo.
Muchas horas de persecución después, bajo un crepúsculo sangriento, el Rey yacía exhausto junto a la orilla de un lago congelado.
Falcó llegó a caballo, desmontó, tomó un hacha que llevaba preparada, y avanzó con la mirada vacía. Pasó sobre el cuerpo del Rey, cuya respiración era muy agitada, y abrió a hachazos un agujero en el hielo.
Sin cambiar de expresión, Falcó agarró al Rey por un brazo, y le colgó del cuello un radiante rubí engastado en una cadena de oro; el corazón del verdugo se aceleró al ver la piedra roja junto a la anfisbena de oro que siempre brillaba sobre el pecho del Rey.
Falcó apretó los labios, arrastró al Rey hasta el agujero, y lo hundió en el agua helada. Así había sido dispuesto: pues la sangre de un rey no podía ser derramada.
El Rey sólo se resistió al final, sacando sus manos y agarrando el firme brazo de Falcó.
Los ojos de Falcó se anegaron mientras seguía manteniendo sumergido al Rey. Las manos de éste perdieron fuerza y se hundieron.
Las últimas burbujas se extinguieron; Falcó lanzó un grito salvaje, y el mundo se detuvo, con todos sus ruidos y tumultos, y cuando Falcó se quedó sin aliento todo a su alrededor era silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras mantenía sumergida la cabeza del Rey. Ya no salían burbujas de aire.
El Rey había muerto.
Falcó lo sacó del agua y lo abrazó, sintiendo que moriría allá mismo de puro dolor y congoja. Gemía y lloraba amargamente mientras intentaba apartar los cabellos del rostro amado. El Rey tenía los ojos medio abiertos, y ya no eran de aquel portentoso color índigo opalino, sino de un matiz apagado, y ya no tenía los colores del melocotón, sino la cara pálida, y los labios azulados.
Nunca pensó Falcó que ver aquel rostro hermosísimo, ahora sin vida, pudiera ser tan terrible. Falcó le apretó la mano, como esperando una respuesta de aquellos dedos que tantas veces había soñado. La mano del Rey era como la tierra húmeda. Su frío recorrió el cuerpo de Falcó y le hirió el corazón. Dijo para sí: «Está muerto».
Con esto, el horror cayó sobre el alma de Falcó como una locura.
hola JoanaPol!!
de casualidad no sabes como se llama la cancion?
muchas gracias :)
chise496 6 months ago
@chise496 Hola, Chise! La música de éste booktrailer en particular se llama Great Expectation, y es de Debbie Wiseman, una gran compositora de música de cine y música para anuncios. :) Circulan unos 150 booktrailers por ahí, pero sólo soy responsable de la docena que
JoanaPol 6 months ago
Gracias, amigos! ¿Me echáis una mano? :-)
JoanaPol 10 months ago