Desde las organizaciones que nos consideramos anticapitalistas, revolucionarias e intercionalistas siempre hemos considerado que el racismo no es algo inherente a la naturaleza humana, sino un mecanismo del sistema socioeconómico, el capitalismo, para dividir a los trabajadores entre autóctonos y extranjeros, restarles fuerza y así explotarlos mejor. Asimismo, el racismo y el fascismo no hacen otra cosa que culpabilizar a los sectores más débiles, inmigrantes o LGTB por ejemplo, de los problemas de la clase trabajadora. La Ley de Extranjería agudizará la precariedad de las personas inmigradas y dará munición a los discursos racistas. Ante esta ley y la crisis económica, debemos recuperar en los centros de trabajo, en los sindicatos y en la calle aquel grito de nativa o extranjera, la misma clase obrera.
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