Madrid, 31 ene (EFE).- Treinta años han pasado ya desde el trágico asalto a la embajada de España en Guatemala. Aquel 31 de enero de 1980, un grupo de campesinos ocupó la misión española para denunciar la represión de la que eran víctimas. No hubo negociación. Las fuerzas de seguridad asaltaron e incendiaron el edificio, que se convirtió en una ratonera. Entre las 37 personas que murieron, estaba el padre de la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, y tres españoles. Sólo salieron con vida el embajador, Máximo Cajal, y el líder indígena Gregorio Yujá, quien, sin embargo, fue secuestrado y asesinado horas después. A raíz de la masacre, España rompió relaciones con Guatemala. Tras dos décadas de impunidad, en 1999, Rigoberta Menchú denunció a los responsables del ataque ante la Audiencia Nacional española, que actualmente investiga los hechos
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