El misterio de la Encarnación del Verbo anunciado por el Ángel a María Santísima es el punto de unión de nuestras lecturas. El segundo libro de Samuel nos presenta al rey David con la intención de construir un templo para Yahveh. En un primer momento, el profeta Natán aprueba el proyecto, pero a continuación indica a David que la voluntad de Dios es diversa: no será él, el rey David, quien construirá el templo, sino que será Yahveh quien dará a David, una casa, una descendencia y un reino que durarán por siempre (1L). Así pues, David no podrá apoyarse sobre la estabilidad de un templo construido por mano humana, sino sobre la estabilidad que Dios dará a su casa, de la cual nacerá el heredero de la promesa. El pleno cumplimiento de esta profecía se tiene en Cristo, piedra angular empleada en la construcción del nuevo templo (1 P 2, 4-10 ). El cuerpo de Cristo resucitado que vive en su Iglesia, es el verdadero templo (Jn 2, 20-22). Dios habita en medio de nosotros en el cuerpo de Cristo, hijo de David e Hijo de Dios (Jn 1, 14). Por medio de las palabras del ángel dirigidas a María, nosotros conocemos la encarnación del Hijo de Dios; entramos en contacto con el misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros (EV). El misterio escondido por siglos se ha manifestado en Cristo con el fin de atraer a todos a la obediencia de la fe (2L). Porque tanto ha amado Dios a los hombres que les ha dado a su Hijo único.
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