Era una tarde calurosa de finales de Julio. A las 5 menos 10 del día 25 variopintos grupos de peregrinos y turistas recorrían la Plaza, a la vez que admiraban la columnata de Bernini, las fontanas majestuosas, la portada de la imponente Basílica del Apóstol Pedro y el Palacio Apostólico. Los niños, ajenos a las curiosidades arquitectónicas y religiosas de sus padres, perseguían a las palomas que en bandadas se movían de una parte a otra buscando unas migas de pan, de pizza o cualquier tipo de comida que, para las palomas precisamente, proporcionan los vendedores ambulantes. Grupos de omnipresentes japoneses -y no sólo japoneses- inmortalizaban con sus máquinas digitales todo lo que les salía al paso y despertaba su admiración. También se fotografiaban unos a otros. Así un día podrían decir : "Yo estuve allí"
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