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Córdoba

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Uploaded by on Mar 5, 2009

La primavera llegó a Córdoba a finales de febrero, una primavera tímida que a primeras horas de la mañana todavía no se atrevía a penetrar en los vaivenes blanquísimos de las calles como pañuelos de la judería, calles como abrazos que buscan el sol en el patio andalusí de verja, macetas y pozo florido. El febrero más hermoso que se pueda soñar. Pescado con limón.
Los bakalitos del Zoco nos reciben tras una revuelta. Artesanos en silencio de bocas y la radio, como luz desparramada, arropando su trabajo con música clásica para la hacedora de figuras y el señor con bigote que orada cueros. Tortillas de camarón en fuga y captura de un camarero despistado y un jefe de taberna con claros síntomas de despotismo desilustrado.
Maimónedes nos esperaba escondido en la angostura de una replaceta que aquí llaman plaza, una de las mil plazas de Córdoba. El filósofo judío penetró con su mirada perpleja de bronce las paredes dónde la memoria se rinde a los califas de la ciudad, los toreros de tronío: Lagartijo, Guerrita y Manolete, un cartel de oropeles, sueño imposible de todos los alberos. Habitas con huevo y jamón.
El calorcito acostado en el Patio de los Naranjos se torna fresco y oscuro bajo el bosque dónde la Mezquita se hizo Catedral, elocuente simbiosis, mezcla de credos representada en multitud de arcos superpuestos que alternan ladrillo y piedra, bóvedas de crucería gótica, un altar barroco, el frenesí geométrico del mihrab y nuestros ojos en cinemascope por la pasión de mirar y olvidar andamios, obreros con chalecos reflectantes y unos escolares amplificando un amplio repertorio de sonrojantes politonos. Café con leche de Santa Catalina.
Subir o bajar, oriente o poniente, calles blancas de recodo y cabriola, y más plazas, placitas y replacetas, aquí una fuente, allá una calle jalonada de naranjos y las piedras a nuestros pies que parecen esperar caballos, carros, babuchas, sandalias o pies descalzos de Semana Santa y procesión, barrio de plateros con azulejos en tabernas de fino, pescaito y una pareja de ecuatorianos que ríen mis pasitos flamencos al son y al compás, ¡ay! cuanto salero desaprovechado. El guitarrista requebró al solfeo que atesoran sus dedos, abandonó las alegrías multicolores y nos regaló los arpegios equilibristas de su maestría. Gracias compadre No admite propinas, él toca por el gusto de tocar.
En los Alcázares Cristianos Colón convence a los Reyes Católicos con la banda sonora de agua sobre agua y el sol, agotado, se acuesta por el oeste. En las farolillas suena Amaral. Una chica anglosajona intenta vender un cuadro autodidacta de Van Gogh, nadie le hace caso. El camarero con chispa en las patillas blaugranas pronunció un conjuro contra las flores que adornan la taberna «Tanto colorío asusta al plasma de la tele y así no se puede hilvanar un gol» El Barça en la Liga de Campeones pierde desde el minuto cinco y nosotros repetimos Moriles para rematar por derecho unos riñones al Jerez. La cocinera tiene acento del Este.
La noche trajo olor de carnaval al barrio de San Agustín dónde Pablo, un albañil que lo mismo reforma un casa que restaura el altar mayor de la Iglesia gótica de San Lorenzo, nos contó la emoción de descubrir, bajo una capa de siglos de cal, unas pinturas murales del sigo XIV que representan escenas de la Pasión. «Ahora que estamos solos, les voy a encender las luces, para que vean mejor» Y miramos con la misma avidez a que nos invitó el olorcito de unas berenjenas califales al estilo Pedro Ximenez.
Nos sentamos en Las Beatillas acompañados por las fotos de toreros y la nostalgia de Federico García Lorca cantando coplillas en la mesa de al lado. Moriles fresquito y una cazuelita de bacalao. De vueltas en vueltas, perdidos entre hinojos y romeros, callejas, casas de dos pisos y el silencio extraño que jamás hubiera asociado a una ciudad del sur. Más pasos hasta la fuente del Potro, los cuadros de Julio Romero de Torres y el Guadalquivir arqueado en un abrazo imposible con la ciudad, quieto, un remanso en la duda de fluir o no hacerlo. Cruzamos y descruzamos sus aguas, aguas que se nos antojan grises, tristezas del que se siente desplazado.
Los faroles de un Cristo crucificado y una tetería dónde sonaba el blues de un sueño arábigo derramado en vasos verdes, la melodía nos invitó al deleite de un pastelito de almendras y unos versos de Fernando Sarría como preludio a las sábanas blancas: Y a pesar de todo / sigues deseando sentir / el fuego de mi mano / por tu cuerpo Su cuerpo que me espera bajo encajes de filigrana y dos pendientes con la estrella mudéjar.

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