Nueva Biblioteca del Niño Mexicano
Historias de la bola
Por Angélica Vázquez del Mercado
Dicen que cuando me encontraron estaba yo, ¿cómo decirlo?, hecha pedazos irreconocible. La verdad es que no me acuerdo de lo que pasó. Claro que cuando me encontraron, no pude decirles nada de mí. Como sea, alguien empezó a decirme La rota, y desde entonces, nada más oía: y trae a La rota para acá y lleva a La rota para allá mira, pobre de La rota, la abandonaron.
No lo puedo evitar, y me pongo triste, pero sé que Juan no tuvo la culpa. Estábamos en plena guerra. La Revolución nos había traído a la capital. Todos llegamos trepados en los trenes: artillería, municiones, tropas, animales, alimentos. De eso sí me acuerdo muy bien. Era como una gran verbena, con harta gente que venía del norte, del sur, del centro, de todititas partes del país.
Yo, francamente, me confundía entre tanta tropa: uniformes de diferentes colores, de diferentes estilos, rostros de todas las tonalidades, hasta distintos modos de hablar.
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