Me despiertan unos rayos de luz solar que atraviesan perezosamente una enorme vidriera multicolor, que no se parece en nada a la triste ventana de mi habitación. Esta tampoco es mi cama. Demasiado blanda. Demasiado caliente. Mi polla está erecta, apuntando hacia algún lugar del infinito. Me giro para recordar quién ha sido la afortunada de la noche pasada. ¡Dios mío!. ¡Que gorda!. Primero ligar, luego beber, primero ligar, luego beber. Esa es una regla fundamental. De lo contrario puedes acabar en la cama con una de las modelos de Rubens...
Trato de levantarme, un poco aturdido por la resaca; me muevo despacio y sin hacer apenas ruido. La cama no quiere ser mi cómplice y se queja amargamente de mis sutiles movimientos. Ella balbucea algo en sueños. Una vez estoy de pie, desnudo junto a la cama, le echo otro vistazo. Ni cambiando la perspectiva mejora la cosa. ¿Cómo diablos he podido pasar la noche con una tía así? Un tipo como yo, debería seleccionar un poco más el ganado...
Aunque he estado con cientos de mujeres de distintas formas y colores, mis preferidas son las delgadas; con buenas tetas, culito respingón, guapas de cara, melena lisa, labios carnosos y coeficiente intelectual próximo al de una vaca. Primero miro fijamente sus ojos. Acto seguido les digo todo lo que desean oír. Y acabo alabando sus maravillosos labios mientras los beso. Después de invitarles a tres copas ya las tengo en un rincón, de rodillas y trabajándome la polla. Y otra más para la fantástica colección. Las mujeres son así de simples. Cuatro palabras y un poco de alcohol bastan para aliviar todos los complejos de inferioridad que arrastran desde la adolescencia.
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