En 1429, Juan II de Castilla otorga la villa de Alba de Tormes a D. Gutiérrez Álvarez de Toledo, la Casa de Alba, el linaje más importante de los siglos XV y XVI.
Nada más tomar posesión, D. Gutierre manda edificar una Torre-Fortaleza en la parte más elevada de la Villa, donde fijará su residencia.
Sus sucesores realizaron obras de ampliación del Castillo, pero será D. Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, más conocido como el Gran Duque de Alba, con quien el Castillo se engalana con los mejores mármoles, pinturas y tapices; y es cuando se pintarán los magníficos frescos del Salón de la Armería.
Es a mediados del XVI cuando el Castillo toma aires palaciegos, convirtiéndose en uno de los más importantes y suntuosos de España. Sus salas fueron escenario de la primera representación de una de las obras de Juan de la Encina. Sus muros alojaron ilustres huéspedes como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega o Fernando el Católico.
Pero todo este esplendor se viene abajo cuando sufre los avatares de la Guerra de la Independencia. En 1809 las tropas napoleónicas toman el Castillo hasta su retirada en 1812 que lo destruyen.
En ese momento interviene Julián Sánchez el Charro que, temiendo un nuevo ataque de los franceses, como estrategia de defensa para evitar un posible atrincheramiento, incendia el Castillo quedando en desuso e iniciándose un lento proceso de ruina.
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