JESÚS RAMÍREZ CUEVAS HABLA A FLOR Y CANTO (1° parte)

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Uploaded by on Jul 17, 2010

JESÚS RAMÍREZ CUEVAS (1° parte)
La partida de Carlos Monsiváis significa un antes y un después para todos los mexicanos pues además del amigo hemos perdido al lúcido intelectual crítico del poder, al cronista de los movimientos sociales y de los fenómenos culturales, al amante del cine, al incansable promotor cultural, pero, sobre todo, al ciudadano comprometido con las causas libertarias y democráticas del país.

Algunas ocasiones, cuando hablaba del compromiso político y de la postura ética, Monsiváis citaba el poema "Che fece... il gran rifiuto" de Constatino Cavafis que alude al corazón de esta cuestión:

A algunos hombres les llega el día de pronunciar el gran Sí o el gran No. De inmediato se revela Quién dispuesto lleva preparado en su interior, el Sí manifiesta, y diciéndolo avanza en el camino del honor y seguridad. Aquél que se rehúsa no se arrepiente. Si de nuevo le preguntaran, de nuevo diría no. Pero ese no --legítimo--, lo arruina para siempre.

Cuando a Monsiváis, desde muy temprana hora, le llegó su turno de responder a esta disyuntiva, su No significó todo para él. Fue un disidente nato. Nunca aceptó el canto de sirena del poder en turno; nunca quiso agradar a los poderosos para recibir sus favores; nunca aceptó el prejuicio y la intolerancia (aunque socialmente fueran bien vistas); nunca toleró las injusticias (hasta las más insignificantes lo sublevaban); pacifista convencido, siempre rechazó la violencia, viniera de donde viniera (cuando ésta provenía del gobierno, siempre la confrontó públicamente y tomó partido por las víctimas); partidario del debate y de la confrontación del debate de ideas, rechazó las actitudes fanáticas y sectarias; toda la vida se preocupó por dialogar con todas las tendencias políticas y formas de pensamiento, aunque no compartiera sus posturas; todo el tiempo estaba escuchando y razonando con todos los sectores sociales; fue un partidario radical de la democracia y cuestionó las visiones autoritarias y estalinistas de la izquierda; le enervaba la intolerancia religiosa, política, social o cultural; fue un defensor radical de los valores seculares de la sociedad y del Estado laico (fue por ello el crítico más lúcido del conservadurismo de la derecha y de la jerarquía católica); nunca aceptó la desigualdad social ni el racismo (fue un crítico mordaz de empresarios que, como Lorenzo Servitje, justifican la pobreza de la mayoría como algo natural).

Y su No al poder, a las injusticias, a la hipocresía y a la simulación, lo enalteció. Su actitud crítica destacó en un país acostumbrado a la mentira, a la demagogia y al cretinismo de políticos, empresarios y de sus voceros.

Con los otros miembros de la Comisión Ciudadana Contra Crímenes de Odio por Homofobia, 1998 Foto: Frida Hartz/ archivo La Jornada

Contrario a lo que se podría suponer, ese No elevó a Mosiváis a ser un ejemplo moral, en una nación donde ser digno, congruente y tener convicciones firmes, ha sido sinónimo de fracaso personal, de pérdida de derechos y de destierro social. Hizo de la crítica demoledora al poder y a los prejuicios, una carrera "exitosa" a los ojos de sus conciudadanos. Una trayectoria que rompió con la fatalidad de la derrota como destino habitual de los disidentes.

Decía Monsiváis que "si perdemos la capacidad de indignación, perdemos todo vestigio humano". Y convertía su enojo en argumentos, en frases mordaces y pensamientos agudos. En su trabajo como escritor y periodista dio voz a quienes no eran escuchados, hizo eco de sus denuncias frente a las injusticias. Siempre que asistía a una manifestación, a un mitin, a un plantón o a cualquier protesta ciudadana por pequeña que fuere, la gente lo rodeaba y le decía: "Usted que tiene el don de la pluma; a usted a quien sí lo escuchan, diga lo que está pasando, denuncie este atropello. Usted que puede escribir y tiene voz, dígalo, porque la prensa está vendida y casi todos los periodistas dicen lo que el poder les dicta y quiere escuchar." Diligente y sencillo, Monsiváis escuchaba y tomaba notas en su libreta de reportero que siempre cargaba. Después recuperaba, en magníficas crónicas, ese rosario colectivo de las multitudes.

Siendo un hombre profundamente ético, fue un ferviente admirador de las luchas y de los ejemplos morales en la sociedad, a los que se refería como "causas perdidas", usando las palabras que el poder y sus corifeos le endilgan con desprecio a cualquier intento por enfrentar y desafiar los abusos del poder, las arbitrariedades y la impunidad, a cualquier defensa mínima de los derechos, a cualquier intento por cambiar la realidad injusta.

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