No quiero recordar cuándo, pero fui joven durante un tiempo. Fue entonces cuando me topé con este señor cubano y con unas pulguitas que se pusieron a saltar sobre mis brazos como si fueran chinches locas. En un momento de aquella noche, las otras sombras que me rodeaban, y sus respectivas pulguitas, se aproximaron tanto a mí que juraría que nos quedamos solos el señor del sombrero y yo.
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