Si durante milenios la agresividad humana ha constituido un valor importante para la supervivencia en el seno de las sociedades humanas, hoy en nuestra sociedad de información resulta esencial educar a los niños masculinos y femeninos con la aceptación de la parte emocional de su personalidad para garantizar la evolución hacia una sociedad más igualitaria y justa, ya que la violencia contra las mujeres es siempre el reflejo de un individuo incapaz de dar una respuesta emocional a los problemas de la vida común o social. Entonces, como última estrategia, se aferra al único recurso que le parece digno de interés, su masculinidad, y provisto de un discurso lógico recuperado de una visión social arcaica con el cual justifica una supuesta inferioridad del género femenino, emplea entonces la violencia contra la mujer para encubrir estos sentimientos de frustración o inseguridad social.
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