Alguna vez te has preguntado: ¿por qué será que Venus está más caliente que Mercurio a pesar de estár 40 millones de kilómetros más alejado del sol? La respuesta: el efecto invernadero. Venus tiene una atmósfera cargada de CO2 y Mercurio no tiene atmósfera. El CO2 tiene la caraterística observable e ineludible de ser transparente a la luz visible y opaco a la luz infrarroja. Por eso, cuanto más CO2 procedente de fuentes fósiles inyectamos en nuestra atmósfera, más se calentará.
Pero además hay otro gas de efecto invernadero en nuestra atmósfera que se comporta de manera muy distinta: el vapor de agua. La concentración atmosférica del vapor de agua no es estable, sino que depende de la temperatura del aire. Cuanto más caliente el aire, más vapor de agua puede contener. Y con cada grado que sube la temperatura, la cantidad extra de vapor de agua es mayor. Así podríamos llegar a una situación en la que el calentamiento llegue a autosostenerse: sube la temperatura un poquito causando un incremento del vapor de agua lo que causa otro subida de temperatura igual a la subida inicial. No es imposible, aunque improbable, que lleguemos a ese punto en el que ya no habrá marcha atrás e iremos recto a la extinción total y definitiva de la vida sobre la Tierra.
No lo digo yo. Lo dicen: James Hansen, el climatólogo más importante del mundo, Stephen Hawking, el fisico más importante del mundo y Carl Sagan, el divulgador científico más influencial que EEUU haya tenido jamás (aunque de modo más cauta - el fragmento tiene décadas de edad).
Si lo dicen estas grandes mentes, el mundo debería escuchar.
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