Uploaded by BaalieOlin on May 5, 2010
Al principio empezó de un modo sutil, casi inapreciable. Un buen día, al meter mi billete en
el torniquete del metro, éste no se abrió. De pronto fui consciente de que de hecho,
siempre que metía mi billete en el torniquete de la izquierda, nunca funcionaba, y de que
llevaba siendo así desde que recordaba. Por supuesto, no le di importancia: una
coincidencia. Otro día, descubrí que el ascensor de la escuela siempre estaba estropeado, pero justo el que yo tenía que utilizar. El caso es que nunca había oído a los compañeros quejarse. "Que extraño". Poco a poco, mi relación con los electrodomésticos se fue deteriorando. Primero la batidora, directamente, dejó de funcionar. El microondas
nunca parecía dar con la temperatura adecuada. Y en el ordenador parecía vivir un ente con pensamiento propio; un espíritu antiguo de ancestral sabiduría, o "un peazo virus", como solían decirme los compañeros. Un día, la báscula de la farmacia me lanzó el papel con el peso a la cara, y después eructó, lo juro. Las células fotoeléctricas no me reconocían, y por eso no era capaz de salir del supermercado hasta que alguien se acercaba a la puerta, momento en el que aprovechaba para salir haciéndome el distraido.
Me dedicaba a disimular y dar vueltas frente a la puerta esperando a alguien, y más de una vez había despertado sospechas entre los guardias de seguridad. Después de ocho horas trabajando ahí, les parecía sospechosa cualquier persona que no aprovechara la primera oportunidad para salir corriendo. Evidentemente, todo tenía una explicación científica, o racional o lo que sea. Causalidad, accidente, coincidencia, ¡dios me odia! Hasta el día de la catástrofe. Mis primeros recuerdos son húmedos. Húmedos y rojizos, y arropados por el rítmico sonido de un reloj escuchado desde el útero de mi madre. Es curioso que no recuerde los latidos de su corazón pero sí el sonido mecánico de los engranajes, el tic-tac, las cadenas al descender un paso más sujetando los pesos con forma de piña. Dicen que el latir del
corazón de la madre es el primer vínculo que la une con su hijo. Si es así, a mi me parió un reloj de cuco. Como comprenderás, esto hizo de mí un chico extraño. Siempre he sentido una atracción especial por los pingüinos y los relojes de cuerda. No lo puedo evitar, es casi algo sexual. Lo de los relojes, digo. Esto hizo de mí un experto en dos cosas: mecanismos y pájaros. Mi casa está llena de tuercas y ruedecitas. He ido construyendo con los años y a lo largo de las pareces de todas las habitaciones de mi casa un sistema mecánico para medir el tiempo, ajustado a los usos que le doy a cada habitación. Tiempos de cocción en la cocina, tiempos de sueño, tiempos para cagar en el baño... Algunos piensan que estoy loco, que vivo al ritmo que me marcan los relojes. ¡Idiotas! No se dan cuenta de la viga en su propio ojo. Yo no vivo al ritmo de mis relojes, sino que hago que mis relojes se muevan a mi ritmo. No hay muchos que puedan decir eso. Mis creaciones no son puntuales, porque yo no lo soy: recogen las desviaciones, las demoras, los segmentos de tiempo no ordinarios por los que transcurre mi vida. Tendrías que verlo para comprenderlo. Trato de llegar al siguiente nivel, sacar a la máquina de su predecibilidad. Ese día, descubrí horrorizado que había desaparecido el 5. Sí, sí, el número 5 había dejado de existir. Había desaparecido del ordenador, hacía días que no lo veía en ningún sitio. Incluso había olvidado como se llamaba, sólo recordaba su forma, y que cada vez
más empezaba a ser una figura de mi imaginación a la que pronto tendría que dar nombre si no quería perder. No era que ya no se usara el sistema decimal, no que 2+3 ya no fueran 5. Era que no había ningún lugar donde apareciera. Que nunca surgía la ocasión de sumar 2+3, que no entraba en ningún razonamiento, no lo tomaban como ejemplo en ningún libro. El 5 había desaparecido porque había dejado de utilizarse. Ése fue sólo el principio. Con el tiempo otras letras desaparecían también, al tiempo que mi guerra privada con lavadoras, ascensores y escaleras mecánicas era cada vez más una guerra perdida. Una guerra en la que de haber prisioneros, sólo habría uno y tendría mi cara.
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Esto es alucinante. No creo que haya mucha gente capaz de entender este tipo de música, de experiencia sonora... de abstracción y de explosión sensorial. No se, para mi es indescriptible. Gracias a Chaos Condensed y a todos esos artistas que van más allá...
samu92pucela 7 months ago