En Punta de Vacas producimos fuego. Allí estábamos Angel, Salva y Carrmen. El cuarzo y la pirita en acompasada melodía hicieron surgir La Chispa, la que tenía que ser. Y allí estaba prendiendo en el hongo. Soplé. Soplé. Y esa brasa interna que habita en nuestro interior cobraba vida en ese cuenco, esas piedras y ese hongo. El soplo que emanaba del aire que da vida, cubría con sus alas todo el cuenco. Cambiamos la brasa a otro cuenco con paja seca, pero no prendía. Salva sopló. Seguía sin prender. Le dije a Angel que soplara porque este fuego era de todos. Y ahí al soplar los tres prendió la llama, alegorizando que cuando sumamos las intenciones más profundas de todos es cuando hacemos que algo nuevo se exprese en el mundo. Lo que existe es el nosotros. Esas aspiraciones profundas unidas en una dirección es el fuego transformador.
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