Fue el Reverendo Couturier, director de la Orden de los Dominicos de Lyon quien encargó a Le Corbusier el diseño del nuevo monasterio. El arquitecto no sólo tenía renombre, sino que llevaba un estilo de vida rigurosa, abnegada y sencilla lo cual encontró eco en la estricta disciplina de los frailes de esa orden. En consecuencia, Le Corbusier creó un edificio de belleza austera. La dureza y la 'brutalidad' del diseño revelan una empatía con la vida de los monjes.
El edificio no tiene la ligereza y la etérea cualidad de los primeros trabajos de Le Corbusier, contrariamente la forma es una cuadrícula de repetición regular con un fuerte énfasis horizontal de hormigón expuesto, que la convierten deliberadamente en una forma fuerte y severa.
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