Cantabria, gran reserva.
Verde infinito, la montaña que llega dulcemente hasta la rompiente de las olas. El azul, un mundo abierto donde el mar mece constantemente los sueños. La historia, un retorno perpetuo que nos muestra la actividad del ser humano; desde los abrigos rupestres y sus pinturas convertidas en muestras de la iconografía universal hasta las espléndidas casonas construidas por familias nobles, hidalgos y, más tarde, por emigrantes enriquecidos al otro lado del mar.
La cultura, el saber ancestral de las gentes, las costumbres, las tradiciones que alimentan la vida. Infinitos productos, hijos del mar y de la tierra fértiles, manipulados sabiamente por manos cuidadosas, pensados por aquellos que han hecho que alimentarse sea un placer para los sentidos.
Sentidos que se agrandan cuando se es acogido con agrado, con franqueza, cuando las puertas de las nobles casonas se abren de par en par para dejar pasar al viajero amigo.
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