Siempre había pensado que el enojo era una emoción que debía suprimir. Siempre que me molestaba con alguien, guardaba el enojo, y nunca enfrentaba la situación adecuadamente. En fin, que todas aquellas frustraciones y tropiezos se tornaron en un cáncer llamado depresión. En este doloroso proceso aprendí que no importa cuán difícil fuera para mí, tenía que expresar mis emociones y sobre todo ponerlas en su justa perspectiva. Fue en ese momento de mi vida cuando también tuve un encuentro personal con Jesucristo.
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