La mañana del sábado se reserva para pasear al Judas por las calles del pueblo. Con su cuerpo grotesco y esperpéntico, relleno de paja y pirotecnia y a lomos de un burro es acompañado en su último paseo por gente del pueblo que en medio de la solemnidad de la Semana Santa, busca un momento de jolgorio y alegría. Es la transgresión del silencio la que hace de este personaje, un pelele muy querido por grandes y pequeños. Pero eso no le librará en la noche de volar en mil pedazos, para dentro de un año (como el Ave Fénix) volver a dar su triunfal recorrido.
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