Julia Roberts nunca fue coneja de mi devoción. Creo que es una buena actriz, aunque me revienta cada vez que oculta las manos en las mangas de los jerseys para dotar a sus personajes de un aire desvalido y triste (ese truquito actoral tan mustio, tan de soap opera setentera). La mera idea de ver sus películas más recientes me da una pereza narcótica. Tengo Duplicity y Closer en el disco duro del salón criando meses y meses, y lo que les queda por criar. No, no me va mucho la Roberts, pero cuando brilla, como en esta escena de Novia a la fuga, no hay resistencia alguna que ofrecer. Uno sólo sonríe como un bobo y busca las gafas de sol, para evitar quemaduras en las retinas.
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