Homilía del Prelado en la catedral de Oviedo 02

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Uploaded by on Oct 16, 2009

Visita pastoral del Prelado del Opus Dei a Asturias

Homilía del Prelado en la catedral de Oviedo....Continúa del vídeo anterior:

En el leño de la Cruz, Cristo nos alcanzó la victoria definitiva. El Señor borró el pliego de cargos que nos era adverso (...) clavándolo en la cruz, lee mos en la epístola a los Colosenses. Habiendo despojado a los principados y potestades, los exhibió en público llevándolos en su cortejo triunfal[5].Nosotros hemos de unirnos a ese triunfo suyo, con una fe viva, con una esperanza segu ra, con una caridad ardiente.

Apliquemos esta doctrina perenne a las circunstancias que a cada uno nos toca vivir: en la propia familia, en la ciudad donde residimos, en la nación a la que pertenecemos. No perdamos nunca la esperanza, aunque la situación per sonal o social parezca difícil. Alimentémosla en la oración y en los sacramen tos. ¡Qué magnífica oportunidad se nos ofrece en este Año Santo de la Cruz para recibir con más fruto el sacramento de la Penitencia, donde el Señor per dona nuestros pecados, y para acercamos con mayor devoción a la Sagrada Eucaristía, donde Él mismo se nos entrega como alimento del alma!

Es lógico que cada uno cultive proyectos concretos en el ámbito de la fami­lia, de la profesión, de los intereses que le mueven, siempre abiertos a las ne cesidades ajenas, pues el espíritu solidario -la preocupación por los demás forma parte de la naturaleza humana y constituye, además, una componente esencial del mensaje cristiano. «Más aún -afirma Benedicto XVI-, nosotros necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas- que cada día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todas las demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros solos no podemos alcanzar»[6]

Con la fe y la esperanza de los hijos de Dios, podremos combatir las peleas del Señor. Primero en nuestra propia alma, para dejar que Cristo reine en no sotros; y luego en la gran batalla de amor y de paz, que todos hemos de librar -cada uno a su manera, de acuerdo con sus posibilidades- para que la socie dad civil redescubra las raíces cristianas que han forjado la historia de España, de Europa y de muchas otras naciones. Tengamos el deseo de hablar con quie nes conozcamos, para que ellas y ellos hablen a su vez con otros; pensemos en el apostolado ejemplar de los primeros cristianos, que poco a poco, con perse verancia, logró la conversión del mundo pagano.

Acabamos de comenzar un año paulino, con motivo del bimilenario del na­cimiento de San Pablo. La predicación del Apóstol se centraba en Cristo cruci ficado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los lla mados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres[7]. Cristo sale a nuestro encuentro también con ocasión de las dificultades -grandes y pequeñas- con las que todos nos enfrentamos en la vida. Pidamos la gracia de saber encontrar precisamente ahí una participación en la Cruz de Jesús. Es don de Dios, que hemos de suplicar con hu mildad, como nos recuerda hoy el Evangelio de la Misa: Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera [8].

Si recibimos la Cruz con amor, si sabemos descubrir en sus brazos una ocasión de unirnos estrechamente al Señor, en la Cruz encontraremos el resplandor de la verdad, el descanso en la fatiga, la alegría en nuestro caminar. Y no sólo lue go, en la bienaventuranza eterna, sino ya ahora, en el momento presente. Co mo afirmaba San Josemaría: lejos de desalentarnos, las contrariedades han de ser un acicate para crecer como cristianos: en esa pelea nos santifica mos, y nuestra labor apostólica adquiere mayor eficacia [9]. No lo dudemos: vida cristiana equivale a vida apostólica llena de alegría.

Acudamos a la Virgen, venerada popularmente en Asturias bajo la advoca­ción de la Santina. Conozco -porque se lo oí referir- que San Josemaría rezó no pocas veces en Covadonga. Mis recuerdos van además a S. E. Mons. Ál varo del Portillo, que también acudió a ese lugar en varias ocasiones. En una de esas visitas dirigía a nuestra Madre con filial confianza, utilizando unas pa labras que -antes de concluir- os invito a hacer vuestras.

«Te pedimos por la Iglesia Santa, por el Papa, por los pastores, por el pue­blo fiel; y te pedimos también por los distintos países del mundo -especialmente por España-, para que haya paz, y el mal no entre en los co­razones de las gentes» [10]

Que Dios Todopoderoso nos escuche por intercesión de Nuestra Señora de Covadonga. Así sea.

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