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Le llamaron Alejandro, por su abuela, y Esteban, por el padre de
su abuela. Nunca supieron, ni se imaginaron que ese nombre le
gustaría; estaban muy ocupados en las actividades que se llevan a
cabo cuando un escuincle nace. Fue el diez de diciembre del año
1990 cuando le llamaron -quizás por ambos nombres- y se acercaron
todos, y lo besaron, y lo llevaron por todo el Hospital (uno de
esos que están en Coyoacán).
Alekcy Benítez Ahumada, por cuestiones de trabajo y comodidad,
decidió mudarse a la ciudad de Tempoal, Veracruz -al norte del
estado-. Ahí fue donde el joven Esteban creció y aprendió a leer:
primero El principito, luego Ni reyes ni magos, Hitler para
principiantes. Cosas que llegan y nunca se van: libros, música,
sueños.
Seguramente fue difícil unir en un mismo pensamiento las ideas
que, en el colegio salesiano María Dominga Mazzarello, pusieron
en su mente con las que él mismo devoraba cada día: Silvio
Rodriguez, Rius, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat, Mamá, Abuelo
Arnulfo. Seguro que la formación de este joven no terminará en
muchos años más -un hombre no acaba su trabajo o su dicha, o su
dolor, hasta el día de su muerte-, pero es visible hasta para los
cegatones que Alejandro Esteban Sosa Benítez, dio más oídos a su
Abuelo, o quizás a Rius, en las cosas del pensamiento; pues ya
tenía 14 años de edad cuando lo expulsaron del instituto
religioso en el que estaba preso desde hacía más de siete: no
encajaba, era diferente, incrédulo, crítico.
Incursionar en la primera escuela pública provocó un cambio
radical en el joven -ser marxsita sin haber leído a Marx y sin
haber visto de frente a la pobreza, es muy fácil-; la madurez
tocaba una de sus puertas; saber si se abrió es algo muy difícil
de averiguar. Alejandro Esteban Sosa Benítez era popular, ¡qué
digo popular!, era el más buscado por las chicas, el más odiado
por los chavos. Había, Alejandro Esteban Sosa Benítez, encontrado
un nuevo mundo y le costaba mucho trabajo adaptarse a él,
creérsela.
El nuevo mundo de Alejandro Esteban Sosa Benítez no terminó con
la escuela secundaria. Pues en el año 2005, comenzó a cursar, en
el Colegio de Bachilleres del Estado de Veracruz, su primer
semestre. Había aprendido que las cosas eran fáciles -o al menos
eso creía-. Se había convertido en un pedante, fanfarrón y
molesto personaje, sin darse cuenta. Los maestros deseaban que
reprobara; los alumnos, cansados de su arrogancia, querían que se
cambiara de escuela; las mismas chicas -que tan encantadas
estaban con su personalidad poco tiempo atrás- lo miraban con
decepción. Estaba solo, se tenía a él y creía estar lleno; nunca
había estado más vacío que entonces.
Iba a la escuela y tomaba clases en algún salón destinado al
tercer semestre del bachillerato cuando un profesor lo invitó a
participar en un concurso de creación poética "Con este nos vamos
al nacional" decía mientras revisaba con un solo ojo el
manuscrito que Alejandro Esteban Sosa Benítez le había mostrado
en la biblioteca del plantel días antes. Él, sin dudarlo ni un
momento, aceptó la invitación. Ganó, y volvió a ganar y fue
campeón nacional de Creación Juvenil Poética.
La madre de Alejandro Esteban Sosa Benítez, era directora de un
Colegio de Bachilleres -no del que ya hemos hablado: ese era el 2
y éste es el 22-. Esteban necesita otro cambio; la situación en
la escuela a la que va es insostenible: no entra al salón de
clases; si va, no llega temprano; se emborracha en la escuela;
convoca a una marcha para protestar por no se sabe qué; es un
engreído que no respeta la autoridad del director. Esta vez, su
madre, pide el cambio de su adorado hijo, del plantel 02 al 22
-donde ella es la directora-. Las cosas vuelven a cambiar.
Alejandro Esteban Sosa Benítez es ahora alumno de la carrera de
Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM. Vive en un departamento pequeño -sin
muebles-; sabe que el único camino es el que sus pies están
aprendiendo a andar. Le cuesta mucho trabajo dibujar, en su
pensamiento, un mapa y seguirlo, y le cuesta también seguir los
que otros construyeron ya.
Ahora está sentado -sosteniendo entre sus piernas la laptop que
le regaló Mamá en su cumple-años. Está redactando en una página
del procesador de textos de OpenOffice un intento de
"Autobiografía" para el canal de YouTube. Sabe que
falta mucho qué escribir, pero le parece conveniente cerrar la
narrativa con un -oportuno y acertado: punto final.