Aquel genio de ambición que en su delirio profundo captando guerra, hizo al mundo sepulcro de su nación, hirió al ibero león, ansiando a España regir; y no llegó a percibir, ebrio de orgullo y poder, que no puede esclavo ser, pueblo que sabe morir.
¡Guerra! clamó ante el altar el sacerdote con ira; ¡guerra! repitió la lira con indómito cantar: ¡guerra! gritó al despertar el pueblo que al mundo aterra; y cuando en hispana tierra pasos extraños se oyeron, hasta las tumbas se abrieron gritando: ¡Venganza y guerra!...
La virgen con patrio ardor ansiosa salta del lecho; el niño bebe en su pecho odio a muerte al invasor; la madre mata su amor, y cuando calmado está grita al hijo que se va: ¡Pues que la patria lo quiere, lánzate al combate, y muere: tu madre te vengará!...
Y suenan patrias canciones cantando santos deberes; y van roncas las mujeres empujando los cañones; al pie de libres pendones el grito de patria zumba y el rudo cañón retumba, y el vil invasor se aterra, y al suelo le falta tierra para cubrir tanta tumba!...
Mártires de la lealtad que del honor al arrullo fuisteis de la patria orgullo y honra de la humanidad... en la tumba descansad, que el valiente pueblo ibero jura con rostro altanero que hasta que España sucumba, no pisará vuestra tumba ¡la planta del extranjero!