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Ministro Vidal y Matías del Río discuten las opiniones del primero sobre la línea editorial del área de prensa del canal privado.
Esto por las opini...
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Ministro Vidal y Matías del Río discuten las opiniones del primero sobre la línea editorial del área de prensa del canal privado.
Esto por las opiniones del Ministro por la cuestionada portada "negra" del diario "La Nación".
A continuación lo que habló:
"La Nación tiene una línea editorial, cada diario tiene una. Ahora, si lo pone en blanco y negro, con sangre colgando (...) la libertad de expresión, muchachos", sostuvo un verborreico Francisco Vidal, en relación a la portada 'editorializada' que presentó hoy el matutino oficialista.
El ministro Secretario General de Gobierno de inmediato continuó ejemplificando a los periodistas presentes con casos de los noticieros centrales de la televisión chilena.
"Cuando (Alejandro) Guillier comienza a hablar las noticias, las primeras cinco noticias, yo literalmente comienzo a llamar al 133 (Carabineros). Es una decisión editorial, pues", insistió el vocero.
Vidal luego continuó su 'minuto feliz' con alusiones al canal que controla el precandidato de RN Sebastián Piñera. "Si Chilevisión estima que el país está lleno de delincuentes y la sangre chorrea por la Alameda. Decisión editorial", recalcó en tono jocoso.
"Televisión Nacional empieza de otra manera, Megavisión empieza de otra manera, con Claudio Sánchez (periodista), ayer veía el caso Curepto, con el mismo entusiasmo que el Estadio Nacional", sentenció el ministro.
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Cito el El Mostrador:
Dueño de medios de comunicación y de una fortuna cuantiosa, su vida estuvo rodeada de un aura de poder, influencia y conflict...
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Cito el El Mostrador:
Dueño de medios de comunicación y de una fortuna cuantiosa, su vida estuvo rodeada de un aura de poder, influencia y conflictos que lo transformaron en actor decisivo de los últimos 40 años de la vida política chilena. Sus enemigos susurraban su nombre con temor, porque nunca dejó de cobrarse una deuda. Obsesionado con el honor y la moral conservadora, hizo su mejor esfuerzo por limpiar su imagen de toda mácula. Por M. Macari y M. Paz Se lo califica de empresario pero Ricardo Claro fue mucho más que eso. Dueño de la tradicional Compañía Sudamericana de Vapores, Viña Santa Rita y Cristalerías de Chile -entre otras empresas-, amasó una de las 10 fortunas más importantes del país con una clara conciencia que el dinero es un medio y no un fin. Obsesivo, estudioso y asertivo en el mundo de los negocios, aplicaba como pocos esa máxima de que la información es poder. Por eso alineó a los medios de comunicación de su propiedad con su ideario católico conservador, y por eso que en Mega, su canal, nunca se exhibieron los spots del Ministerio de Salud donde se promovía el uso del condón para prevenir el Sida, a pesar de que las chicas Mekano tenían licencia para perrear y exhibir piel a destajo. Y en ese misma estación encontró tribuna en horario prime el presbítero Raúl Hasbún luego de su salida de Canal 13, cuando ya era impresentable para la Iglesia Católica seguir poniendo al aire a quien en su momento defendió a Paul Schaeffer. Ahora, en Capital -la revista de couché dirigida al mainstream ejecutivo ABC1 que Claro le compró a Guillermo Luksic en 2004-, un espacio asegurado tenía monseñor Fernando Chomalí, la voz que pontifica oficialmente la doctrina vaticana de la era Wojtyla, identificando la moral con un cinturón de castidad. Fue con la llegada de Cristián Zegers a la cabeza de El Mercurio, en marzo de 2006, que Claro recompuso su relación con ese medio, quebrada cuando en 2001 la revista El Sábado lo eligió a través de una encuesta como el chileno más temido, relegando al general Manuel Contreras al segundo lugar y al senador UDI Pablo Longueira al tercero De hecho, su primer lugar poco honorífico en la encuesta de El Mercurio en 2001, hizo que montara en cólera y fuera personalmente hasta el edificio de Santa María 5542 a enrostrarle al director responsable, Juan Pablo Illanes, la afrenta a la que quedó expuesto en las páginas del entonces indiscutido diario de la elite (por la cual más tarde le enviaría una dura carta al dueño del periódico Agustín Edwards). Incluso, dicen, ahí mismo le dejó en voz alta el recado a Edwards de que compraría el vespertino La Segunda, cuya línea editorial admiraba en secreto, excepto por un editorial de ese medio que lo acusó con el dedo por haber apretado el play de la radio Kyoto esa noche de 1992, en lo que detonó el escándalo más bullado donde se vio involucrado: el Piñeragate. Pese a su talento empresarial y capacidad para predecir escenarios económicos, en el episodio de la Kyoto Claro demostró, que cuando se trataba de sus medios, se movía con la misma sutileza que un elefante en una cristalería. No son pocos los que han sabido de esa ira, de esa cólera que le provocaba que se dijeran cosas de él. En público, como fue con Piñera. O en privado, como ocurrió en otro episodio mucho menos bullado, pero igual de mitológico en ciertos círculos, que protagonizó Claro contra el político y empresario de derecha Edmundo Eluchans. Fue en 1971 que se vio las caras con el fallecido diputado del Partido Nacional. Eluchans lo habría tildado de "eunuco impotente" en medio de una acalorada disputa profesional que escaló a lo personal (Claro no tiene descendencia). El empresario guardó silencio pero dejó pasar 12 años para ajustar cuentas. Esto ocurrió cuando Eluchans era dueño del 9% del entonces Banco de Constitución, una de las entidades quebradas durante la crisis financiera del 83. Ricardo Claro compró el crédito de un tercero contra el banco, se querelló contra todo el directorio, del cual Eluchans era vicepresidente, y lo mandó a la cárcel. Hijo de Gumercindo Claro Matte, pariente de los Matte, Ricardo Claro, también tuvo su encontrón con el clan de Eliodoro cuando en 2004 el grupo decidió vender sus acciones de la Sudamericana de Vapores a Sebastián Piñera, lo que el empresario consideró una traición. La jugada, por parte de Piñera, le permitía tener un director en el directorio de la Compañía más emblemática y querida de Claro. Pero el dueño de Mega movió sus piezas y redujo de 11 a 7 los directores de la entidad, dejando fuera de la mesa al inversionista. En los negocios como en la vida, el que ríe último ríe mejor.
Las imágenes corresponden al programa "A eso de", de Megavisión.
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